Niños en terrazas: educación, perros y padres que miran para otro lado

Hay padres que entran en un restaurante, se sientan, piden algo de beber y parece que en ese preciso momento termina temporalmente su responsabilidad sobre los niños. A partir de ahí, libertad absoluta. Que corran, que investiguen, que se acerquen a otras mesas y que hagan amigos si les apetece. Total, son niños.

Y sí, son niños. Precisamente por eso hay adultos que deberían estar pendientes de ellos.

El otro día estuvimos cenando en Aranda de Duero con nuestros dos perros, un galgo y un bulldog francés. Los dos estaban tranquilamente con nosotros, como suelen estar cuando salimos. No estaban sueltos, no se acercaban a otras mesas y, básicamente, estaban haciendo lo que esperamos de ellos cuando los llevamos a un sitio público: no tocar los cojones a nadie.

Cerca de nosotros había una familia con tres niños. Y los niños, como buenos niños, descubrieron que había dos perros y aquello les pareció bastante más interesante que su propia mesa.

Hasta ahí, absolutamente normal.

El problema fue que empezaron las vueltas alrededor de nuestra mesa. Se acercaban, se iban, volvían, miraban a los perros, pasaban otra vez cerca… y nosotros pendientes de los animales mientras sus padres parecían estar disfrutando tranquilamente de la cena.

Y esto es algo que nunca he entendido.

Si mi perro se levanta y se acerca a tu mesa mientras estás cenando, la responsabilidad es mía. No voy a decirte: “Es que es un perro, le gusta conocer gente”. Me levantaré, lo cogeré y procuraré que no vuelva a molestarte.

Entonces, ¿por qué cuando es un niño el que lleva veinte minutos invadiendo el espacio de otra mesa parece que los demás tenemos que aceptarlo porque “son cosas de niños”?

Claro que son cosas de niños. Por eso no me cabreo con el niño.

Me cabrea el adulto que está viendo lo mismo que yo y decide que no pasa nada.

Pero en nuestro caso había además otro asunto bastante más importante que simplemente poder cenar tranquilos: había dos perros.

Y aquí ya dejamos de hablar únicamente de educación y empezamos a hablar también de responsabilidad.

Nuestros perros son buenos. Los conocemos perfectamente y jamás hemos tenido un problema con ellos. Pero siguen siendo animales y tienen sus límites, igual que nosotros.

Un niño puede emocionarse al ver un perro y acercarse corriendo. Puede intentar tocarle la cabeza, agarrarle una oreja, abrazarlo, meter la cara demasiado cerca o aparecer por detrás sin que el animal lo espere.

No lo hace con mala intención. Es un niño.

Pero el perro tampoco entiende de intenciones.

Puede asustarse, sentirse acorralado o reaccionar instintivamente ante un movimiento brusco. Y no hace falta tener un perro “agresivo” para que exista ese riesgo. Precisamente por eso una de las primeras cosas que deberíamos enseñar a un niño es que nunca se toca a un perro desconocido sin preguntar antes a su dueño.

“¿Puedo acariciarlo?”

No parece una lección especialmente complicada.

Y además sirve para enseñar algo todavía más importante: que no todo lo que nos apetece hacer tenemos derecho a hacerlo.

Porque si algún día ocurre algo, empieza el festival.

“El perro ha mordido al niño.”

Y probablemente nadie contará los veinte minutos anteriores. Nadie hablará de cuántas veces se acercó el niño, de si el animal intentó apartarse, de si estaba incómodo o de por qué nadie intervino antes.

El señalado será el perro.

Y el responsable, su dueño.

Por eso yo vigilo a mis perros cuando salgo con ellos. Porque son mi responsabilidad. Si veo que están incómodos, actúo. Si molestan, los aparto. Si alguien pregunta si puede tocarlos y considero que en ese momento no es conveniente, digo que no.

Lo único que no debería tener que hacer es vigilar también a los hijos de la mesa de al lado.

Y que nadie confunda esto con un discurso contra los niños, porque no lo es. Los niños corren, gritan, se emocionan y muchas veces no son conscientes de que están molestando. Es completamente normal.

Para eso tienen padres.

Educar también consiste en decir alguna vez: “Déjales tranquilos, que están cenando”.

Consiste en explicarles que un restaurante no es un parque infantil, que las mesas de los demás tienen su espacio y que un perro desconocido no es un peluche comunitario.

Y tampoco pasa absolutamente nada porque un niño moleste alguna vez. Todos hemos sido niños y todos hemos dado por culo. La diferencia está en tener detrás a alguien que te enseñe cuándo tienes que parar.

Lo que resulta curioso es que con los perros lo tenemos clarísimo.

Si llevas un perro a un restaurante, tiene que comportarse. Tiene que estar controlado. No puede molestar. No puede acercarse a los demás. Y me parece perfecto.

Solo pido exactamente el mismo principio para los niños.

No que estén inmóviles.

No que no hablen.

No que se comporten como pequeños funcionarios del Ministerio de Hacienda.

Simplemente que sus padres estén pendientes de ellos.

Porque todos tenemos derecho a disfrutar de una cena. La familia con tres niños, la pareja que quiere estar tranquila y también los que hemos decidido salir acompañados de nuestros perros.

Y porque, sobre todo, cuando hay animales de por medio, esperar a que ocurra algo para empezar a buscar culpables es bastante más fácil que haber evitado el problema desde el principio.

Así que sí: los niños son niños.

Los perros son perros.

Y precisamente por eso los adultos tenemos que comportarnos como adultos.

Porque si mi perro da por culo, lo controlo yo.

Si tu hijo da por culo… no debería tener que controlarlo también yo.

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