Hay algo jodidamente bonito en los bingos de las fiestas de los pueblos.

Te pasas media hora sentado en una silla de plástico, con el cartón en la mano, quitando números mientras alguien los canta por megafonía como si estuviera dando los resultados de las elecciones.

Y tú, que igual no has ganado una puta mierda en tu vida, estás ahí con una tensión absurda porque te falta el 43.

Sale el 17.

Me cago en Dios.

El 62.

Me cago en el 62.

Y entonces, desde alguna parte de la plaza:

—¡BINGO!

Y antes de saber quién coño ha sido, piensas:

«Que sea de Villel, hostia.»

Eso es pertenecer a un sitio.

Porque te importa una mierda quién se lleve la cesta, los 300 euros o el jamón. Igual ni conoces al ganador.

Pero es de los tuyos.

El premio no se ha escapado carretera abajo. No se lo ha llevado uno que ha venido de otro pueblo a cenar, echarse cuatro cubatas y saquearnos el bingo.

Se queda en Villel.

Y durante unos segundos todo el pueblo siente una victoria completamente inútil, irracional y maravillosa.

Supongo que los pueblos somos un poco así.

Nos pasamos el año poniéndonos verdes unos a otros. Sabemos quién no saluda a quién, quién está enfadado con quién y quién lleva veinte años sin hablarse por una historia que ya no recuerda ni Dios.

Pero que venga uno de fuera a llevarse el bingo.

Ah, no.

El gilipollas del pueblo podrá ser gilipollas.

Pero es nuestro gilipollas.

Y si alguien se va a llevar los 300 pavos, que sea él.

Luego se acaba el bingo, nos vamos a la barra y probablemente tardamos veinte minutos en empezar a criticar al que acaba de ganar.

Como manda la tradición.

Pero el bingo, coño.

El bingo se ha quedado en casa.

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