El placer absurdo de plantarte un palillo en el pueblo
Hay pocas cosas más españolas, más inútiles y más profundamente satisfactorias que salir de comer en un pueblo y acabar con un palillo en la boca.
Un blog escrito desde el cansancio mental
Hay pocas cosas más españolas, más inútiles y más profundamente satisfactorias que salir de comer en un pueblo y acabar con un palillo en la boca.
Hubo una época en la que jugar no era tumbarte en el sofá con mando inalámbrico y una bolsa de patatas.
Llegas a un pueblo y en cinco minutos te das cuenta de una cosa: aquí no puedes ir tranquilo por la calle.
La versión más absurda del “todos iguales” llega cuando un niño dice que algo no le gusta y, automáticamente, se prohíbe para todos.
Pocas cosas son más ridículas que el momento en que un coche se para y tú, como peatón, te ves obligado a convertirte en velocista olímpico sin haberlo pedido.