En los pueblos te saluda hasta el gato. En tu edificio, el vecino finge un infarto para no decir “buenos días”

Hay una cosa que llevo años intentando entender y, sinceramente, creo que moriré sin conseguirlo. Tú te vas un fin de semana a cualquier pueblo perdido de España, uno de esos donde hay más tractores que coches, donde el bar hace también de ayuntamiento, oficina de información y consultorio psicológico, y donde la gente todavía se sienta en la puerta de casa cuando cae la tarde. No conoces absolutamente a nadie. Llegas siendo un completo desconocido. Y, sin embargo, das dos pasos y ya has escuchado tres “buenos días”, un “¿qué tal?” y un “¿venís de fuera?”. Nadie te mira raro. Nadie sospecha de ti. Al contrario. Es como si el simple hecho de cruzarte contigo fuera motivo suficiente para dedicarte dos segundos de educación. Una locura, visto lo visto.

Ahora vuelve a la ciudad. Concretamente, a tu edificio. Ese donde llevas viviendo siete, diez o quince años. Ese donde compartes portal, ascensor, garaje, reuniones de comunidad y derramas con las mismas personas desde hace una década. Es decir, gente con la que, objetivamente, tienes mucha más relación que con aquel señor del pueblo que solo te ha visto una vez en su vida. Pues bien… ahí ocurre el milagro contrario. Sales de casa, ves aparecer al vecino al fondo del pasillo y, de repente, parece que ambos estéis protagonizando una película de espías. Él saca el móvil a una velocidad que ni un adolescente cuando oye el WhatsApp. Tú haces como que miras el buzón aunque no esperas cartas desde que Hacienda dejó de enviarlas en papel. Todo con tal de evitar el enorme esfuerzo físico que supone abrir la boca y pronunciar dos palabras: “Buenos días”.

Y el ascensor merece un capítulo aparte. Ese pequeño habitáculo es probablemente el lugar más incómodo jamás inventado por el ser humano. Dos personas encerradas durante cuarenta segundos que se conocen de vista desde hace años y que, aun así, son capaces de estudiar con una concentración enfermiza el número luminoso de los pisos como si estuvieran presenciando el lanzamiento de un satélite. Nadie habla. Nadie sonríe. Nadie hace el más mínimo comentario. Si acaso aparece un tímido gruñido que podría significar “hola”, “adiós” o simplemente un problema de garganta. Cuando por fin se abre la puerta, ambos salen disparados con una satisfacción impropia de quien acaba de escapar de un secuestro.

Lo gracioso es que luego esa misma gente se pasa media tarde comentando en Facebook que “se están perdiendo los valores” o compartiendo publicaciones sobre la importancia de recuperar la cercanía entre las personas. Coño, empieza por saludar al vecino del tercero. Igual no hace falta organizar un congreso internacional sobre convivencia; basta con levantar la cabeza cuando te cruzas con alguien en el portal. Pero no. Es mucho más sencillo escribir un discurso sobre la falta de humanidad desde el sofá mientras ignoras olímpicamente a la persona con la que acabas de compartir ascensor.

En los pueblos sucede justo lo contrario. Allí no importa si eres de Madrid, de Cuenca o de la Conchinchina. Te sientas en la terraza del bar y antes de terminar la cerveza ya sabes dónde se come mejor, quién era el alcalde hace veinte años, cuál es la casa encantada del pueblo y por qué el hijo del panadero “es muy buen chico, aunque salió del Atleti”. Nadie te ha pedido el DNI para hablar contigo. Nadie piensa que saludar implique una amistad eterna. Simplemente entienden que compartir un instante con otra persona no cuesta absolutamente nada.

Y aquí hemos conseguido el milagro inverso. Vivimos rodeados de miles de personas y cada vez conocemos menos a quienes tenemos más cerca. Sabemos perfectamente qué ha desayunado un influencer de Miami porque lo ha subido a Instagram con música motivacional. Seguimos la vida de un actor coreano, de un streamer argentino y de un futbolista saudí. Pero somos incapaces de decir cómo se llama el vecino que vive pared con pared desde hace ocho años y al que escuchamos estornudar cada primavera. Es una paradoja maravillosa. Estamos hiperconectados con el mundo entero… y completamente desconectados de los dos metros que separan una puerta de otra.

Y ojo, que no estoy diciendo que ahora tengas que organizar barbacoas comunitarias, hacer un grupo de WhatsApp del bloque o invitar al del quinto a cenar. Dios nos libre de semejante castigo. Solo hablo de algo muchísimo más sencillo. Mirar a alguien a la cara. Sonreír un poco. Decir “buenos días”. Porque no, saludar no crea una obligación vitalicia ni convierte al vecino en tu mejor amigo. Solo demuestra que todavía recuerdas que, antes de ser usuarios de redes sociales, clientes de Amazon o números de una comunidad de propietarios, somos personas.

Así que la próxima vez que entres en el portal y te cruces con el vecino, haz un experimento revolucionario. Levanta la cabeza. Di “buenos días”. Igual hasta te responde. Y si pone cara de haber visto un fantasma… tranquilo. No eres tú. Es que hay gente a la que la educación le produce más miedo que una derrama extraordinaria.

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