Hay algo profundamente turbio en que una sociedad entera haya decidido que es normal arrancarle un diente a un niño y celebrarlo como si fuese una puta feria medieval. Porque eso es lo que hacemos con el Ratoncito Pérez. El chaval pierde una pieza ósea de la boca, sangra como un boxeador y los adultos reaccionan diciendo: “¡Mételo debajo de la almohada que viene un ratón a comprarlo!”. Absolutamente nadie se para a pensar en lo enfermizo que suena eso en voz alta.

El Ratoncito Pérez no era un personaje adorable. Era un traficante nocturno de calcio infantil. Un pequeño cabrón con economía sumergida que aparecía mientras dormías, robaba material biológico y te dejaba dos monedas mugrientas como si hubiese cerrado un trato en un callejón de extrarradio. Y tú encantado. Porque con siete años eres fácilmente sobornable. Te daban cien pesetas y ya estabas dispuesto a entregar toda la dentadura como un abuelo desesperado en Wallapop.

Y ojo a la logística del asunto. Tus padres te contaban que un ratón diminuto recorría España entera entrando en habitaciones infantiles a las tres de la mañana sin activar alarmas, sin despertar perros y sin acabar aplastado por un zapatazo. Un profesional. Más eficiente que Correos y más sigiloso que Hacienda.

Luego estaba la tensión psicológica. Porque perder un diente no era solo perder un diente. Era entrar en una especie de mercado bursátil infantil. Dependiendo del barrio, del nivel económico de tus padres o de cuánto cariño te tuviesen esa semana, podías recibir desde una moneda triste hasta un billete que te hacía sentir Jeff Bezos en miniatura. Ahí empezaba la comparación salvaje entre niños. “A mí me ha dejado mil pesetas”. “Pues a mí cinco euros”. Y tú mirando tu moneda de veinte duros pensando que igual el ratón te consideraba un pringado.

Pero la verdadera pregunta es otra: ¿qué cojones hacía el Ratoncito Pérez con tantos dientes? Nadie lo explica nunca. ¿Los coleccionaba? ¿Construía chalets? ¿Tenía un laboratorio secreto? Porque si juntas los dientes de varias generaciones españolas puedes montar una cantera industrial del tamaño de Cuenca. Hay algo profundamente inquietante en imaginar a un ratón acumulando cajas llenas de incisivos humanos como un asesino en serie diminuto.

Y aun así, le teníamos cariño. Porque la infancia funciona así: aceptas las mayores barbaridades siempre que vengan envueltas en fantasía y chocolatinas. Nos parecía lógico que un ratón autónomo tuviera ingresos suficientes para mantener un sistema financiero basado exclusivamente en piezas dentales humanas. Nadie preguntaba por el IVA. Nadie cuestionaba el modelo de negocio. España entera sosteniendo una economía clandestina de dientes debajo de almohadas.

Lo más jodido es que cuando descubres la verdad no te enfadas. Lo recuerdas con nostalgia. Porque el Ratoncito Pérez era una de esas mentiras maravillosas que hacían la vida un poco más divertida. Una conspiración colectiva donde todos los adultos fingían y los niños decidíamos creer porque, sinceramente, la realidad ya sería bastante aburrida después.

Y sí, ahora lo ves desde fuera y parece el argumento de una película escrita por alguien con fiebre alta y problemas serios con los roedores. Pero durante unos años funcionó. Y funcionó de puta madre.

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