Bailes de pueblo y orquestas: el desfase con banda sonora en directo

Benimarfull (Alicante) , 29 de julio de 2023. Reportaje orquesta La Bestial. Foto: Antonio Heredia

Si no has sudado como un pollo en salsa mientras dabas vueltas con una señora que te dobla la edad al ritmo de «Paquito el Chocolatero», no has vivido una fiesta de pueblo. El baile con orquesta es ese fenómeno sociocultural donde todo vale: desde el tractorista que se marca un pasodoble con la panadera hasta el chavalín que intenta ligarse a la de la peña rival moviendo el esqueleto con cara de estar poseído por Georgie Dann.

Las orquestas son, literalmente, el alma de la verbena. Ese momentazo en el que el escenario se llena de luces, lentejuelas y músicos que llevan tocando juntos desde que Franco cazaba lagartos, pero que suenan como si fueran los putos Rolling Stones de Cuenca. Y ojo, que no les falta razón: se arrancan con “Sufre mamón”, se lanzan con “La gasolina” y terminan con un remix de Bisbal con AC/DC que haría llorar al mismísimo Satanás de emoción.

Y ahí estás tú, con una copa de tubo que parece que la han rellenado con lejía y lágrimas de camarero cansado, moviendo los pies entre piedras, confeti y restos de bocatas de panceta. Con suerte, el suelo no es de tierra. Con más suerte aún, no acabas bailando agarrado a un poste de luz jurando amor eterno a alguien cuyo nombre ni recuerdas.

Porque en el baile de pueblo se mezclan todas las tribus. La peña de los canallas, el grupo de las señoras que se saben todos los bailes en línea, el cuñado motivado que pide «una de Extremoduro», los niños que no duermen desde hace tres días y los abuelos que miran todo desde la distancia con cara de “estos no aguantaban una jota de las de antes”.

Y cuando llega el momento lento —ese puto y mágico instante en el que suena alguna balada de Camilo Sesto o Alejandro Sanz—, es cuando todo puede pasar. Declaraciones de amor con olor a calimocho, besos robados con sabor a Fanta naranja y alguna que otra bofetada de reality. Y si no hay bofetada, no es una verbena de verdad.

Luego, la orquesta se despide. “Muchas gracias, Valdecuernos, habéis sido increíbles”. Y tú, con los pies destrozados, los oídos pitando y el corazón calentito, sabes que volverías a hacerlo mil veces. Porque no hay fiesta como la de tu pueblo, no hay escenario como el de la plaza, y no hay resaca más bonita que la que te deja una noche bailando como un idiota entre luces, humo, y gritos de “¡otra, otra!”

Larga vida a las orquestas. Y que no falten los pasodobles, por mis muertos.