La piscina comunitaria debería ser algo sencillo. Una zona común con agua, unas duchas, un socorrista, un par de normas básicas, vecinos bajando a refrescarse y poco más.
Pero no.
Porque en una comunidad de vecinos nada puede ser normal. Absolutamente nada. En cuanto se abre la piscina, lo que debería ser un lugar de descanso se transforma en una especie de manicomio veraniego con chanclas, toallas, niños gritando y adultos comportándose como idiotas.
Todo empieza antes incluso de abrir.
Todavía estamos en mayo, aún hay mañanas en las que sales con chaqueta, y aparece el primer vecino preguntando en el grupo de WhatsApp: “¿Se sabe cuándo abre la piscina?”. Este vecino suele ser casi siempre el mismo gilipollas que hace dos semanas estaba pidiendo que no quitaran todavía la calefacción.
Pero da igual. Hay gente que en cuanto ve dos rayos de sol entra en modo verano extremo. Quiere saber la fecha de apertura, el horario, las normas, el aforo, el tema de los invitados, las pulseras, el socorrista, la limpieza y si este año se puede bajar con neverita o hay que esconder el tupper de sandía como si fuera contrabando.
Y ahí empieza la primera locura: la piscina tratada como si fuera una central nuclear.
Reuniones, presupuestos, revisiones, carteles, llaves, quejas, votaciones y el clásico de siempre: “Pues el año pasado esto no se hacía así.”
La piscina todavía no ha abierto y ya hay gente cabreada. Eso solo pasa en una comunidad de vecinos. Es casi arte.
Luego llega el primer día. Abren la puerta y aquello deja de ser una piscina para convertirse en un safari.
Los niños en una piscina comunitaria no se bañan. Impactan. Corren, saltan, gritan, se empujan, salpican y se cagan en cualquier norma básica. Hay niños que hacen bombas con más alcance que un tsunami. Otros juegan a ahogarse entre ellos. Y siempre hay uno que grita “¡mírame!” setenta veces seguidas hasta que toda la piscina lo mira menos su padre, que sigue mirando el móvil como si estuviera descifrando un código secreto.
Y nadie dice nada.
Bueno, sí. Siempre lo dice el mismo: el vecino amargado.
Ese señor que no baja a disfrutar de la piscina, baja a vigilarla. Se sienta en la sombra, cruza los brazos y espera. No descansa. Patrulla mentalmente. Está deseando que un niño corra, que alguien meta una pelota o que una señora coma patatas fritas donde no debe para poder soltar sus frases favorita: “No se puede.” No se puede correr, no se puede saltar, no se puede jugar, no se puede comer… no se puede vivir, básicamente.
Ese hombre no quiere una piscina. Quiere una biblioteca con socorrista.
Y las normas, claro. Ese maravilloso cartel plastificado que nadie lee entero, pero que todo el mundo utiliza con precisión quirúrgica cuando le interesa fastidiar al vecino.
Porque esa es la verdadera magia de las piscinas comunitarias: las normas no se cumplen, se usan como munición. Si mi hijo grita, son cosas de niños. Si grita el tuyo, está mal educado. Si yo reservo tumbona, es solo un momento. Si la reservas tú, eres un abusón. Si viene mi cuñado, es familia. Si viene tu primo, la piscina se está llenando de gente de fuera.
Maravilloso. Una clase magistral de hipocresía.
Luego está el tema de los invitados, que merece un capítulo aparte. Porque todos queremos poder invitar a alguien, claro. Pero siempre queremos que los demás inviten menos. En cuanto aparece una cara nueva, se activa el servicio secreto vecinal y se toman medidas.
De pronto, la piscina parece una frontera internacional. Solo falta pedir DNI, padrón municipal y prueba de sangre para confirmar que el chaval que viene con el del segundo C es realmente su sobrino y no un infiltrado con chanclas.
Y en medio de todo está el socorrista.
Pobre criatura.
Un chaval sentado en una silla alta, con silbato y cara de estar pagando una condena. Ve a treinta niños incumpliendo normas, cuatro adultos discutiendo por una sombra, una señora entrando sin ducharse y un señor intentando colar una nevera portátil como si estuviera pasando mercancía por la aduana.
Pita una vez.
Nadie le hace caso.
Pita otra vez.
Alguien se ofende.
Pita una tercera y ya sale una madre diciendo:
“Tampoco hace falta ponerse así.”
El socorrista no salva vidas. Sobrevive al verano.
Este año tiene un problema añadido: la hija mayor de edad de un vecino, que baja a la piscina como si aquello fuera una sesión de fotos para OnlyFans. Bañador minúsculo, gafas de sol, caminar lento y media comunidad fingiendo que mira al agua cuando en realidad está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no partirse el cuello.
Y todo esto ambientado con música. Porque siempre hay alguien que confunde la piscina comunitaria con un chiringuito de Ibiza. Baja con un altavoz Bluetooth que debería necesitar permiso de armas y decide que todos vamos a escuchar su lista de reproducción.
Reguetón, bachata, remix cutre, flamenco chill, canción del verano de hace quince años y algún tema infame que parece diseñado para destruir neuronas.
Tú querías leer tranquilo. Él ha decidido que tu tarde necesitaba graves, palmas y una letra sobre culos cada tres minutos.
La piscina comunitaria también tiene una parte cruel: ves a tus vecinos como jamás quisiste verlos. El señor serio del garaje aparece con un bañador minúsculo. La vecina educadísima del ascensor baja embadurnada en aceite como una croqueta humana. El presidente de la comunidad aparece con gorra, sandalias y una seguridad en sí mismo que no tiene explicación médica.
La ropa disimula muchas cosas. La piscina no perdona una mierda.
Sabemos que cada verano se repite el mismo circo. Sabemos que habrá niños gritando, tumbonas okupadas, música de mierda, invitados sospechosos, normas incumplidas y algún vecino dispuesto a arruinar la tarde por una salpicadura.
Pero a la gente en el fondo le da igual.
Porque hace calor. Porque el agua apetece. Porque ya pagas comunidad y, por tus santos cojones, vas a usar esa piscina aunque tengas que compartirla con media urbanización en pleno brote psicótico.
Y porque, en el fondo, hay algo muy nuestro en todo ese desastre. El olor a cloro. Las chanclas mojadas. La baldosa ardiendo. El niño que sale tiritando diciendo que no tiene frío. La abuela vigilando desde la sombra. El padre que lleva cuarenta minutos diciendo “último baño”. La bolsa de patatas escondida aunque esté prohibido comer. El vecino que durante el año apenas saluda y en bañador parece otro ser humano completamente distinto.
La piscina comunitaria no es un servicio. Es una prueba de resistencia emocional. Un laboratorio de mala convivencia. Un zoológico con escalerilla metálica.
