Hubo una época en la que ponerse pantalón corto era sencillo. Llegaba el calor, te ponías unas bermudas, unas zapatillas normales, unos calcetines discretos y salías a la calle sin parecer que te habías vestido durante un apagón.
Pero eso se acabó.
Ahora la juventud ha decidido que la cima del estilo consiste en llevar pantalón corto ancho, camiseta enorme, zapatillas aparatosas y unos calcetines blancos subidos hasta casi la rótula, como si fueran a jugar un partido de baloncesto en 1987, repartir paquetes de Amazon y pedir un batido de proteína todo en la misma tarde.
Y lo peor no es la ropa. Lo peor es la seguridad con la que lo llevan.
Porque tú ves a un chaval vestido así, con los calcetines agarrándole la pierna como dos escayolas textiles, y él va convencido. Va serio. Va con actitud. Va caminando como si hubiera descubierto una verdad estética que los demás, pobres desgraciados atrapados en el sentido común, aún no hemos sabido comprender.
Antes te vestías así porque tu madre te había comprado calcetines en pack de seis y no tenías poder de decisión. Ahora se visten así voluntariamente. Ese es el verdadero drama.
La imagen es curiosa. De cintura para arriba, influencer urbano. De cintura para abajo, monitor de campamento municipal. Pantalón corto por encima de la rodilla, pierna al aire y luego, de repente, calcetín imperial subiendo como una muralla de algodón hasta media pantorrilla. Una combinación que grita: “Me importa la moda, pero también podría arbitrar un partido de benjamines”.
Y claro, uno intenta entenderlo. Porque todas las generaciones hemos cometido crímenes estéticos. Nosotros también tuvimos lo nuestro. Pero una cosa es equivocarte con dignidad y otra convertir tus piernas en dos columnas de colegio privado.
El calcetín alto tiene algo profundamente desconcertante. Es una prenda que no sabe si quiere abrigar, decorar o pedir socorro. Porque si hace calor para ir en pantalón corto, ¿por qué llevas media pierna envuelta como si fueras a cruzar Siberia de rodillas? Y si hace frío para llevar calcetín hasta la rodilla, ¿por qué vas enseñando muslo como si estuvieras de vacaciones en Magaluf?
No hay coherencia térmica.
Antes las modas tardaban en llegar. Veías algo raro en una revista, luego en la tele, después en algún famoso y finalmente en tu barrio, cuando ya estaba medio caducado. Ahora no. Ahora un tipo en Los Ángeles se sube los calcetines, pone cara de estreñimiento elegante frente a un espejo, lo sube a TikTok y a los tres días tienes a medio Madrid vestido como suplente de los Chicago Bulls en una residencia universitaria.
La moda ya no se extiende. Infecta.
Lo más fascinante es el equilibrio entre dejadez y planificación. Porque parece que se han vestido con lo primero que han encontrado, pero no. Ese desastre está pensado. El calcetín no está arriba por accidente. Está colocado. Centrado. Estirado. Alineado. Esa pantorrilla ha pasado más control de calidad que muchas obras públicas.
Y luego está el detalle del color. El blanco nuclear. Calcetines tan blancos que parecen recién robados de una enfermería. Calcetines que brillan al sol como si pudieran guiar aviones.
Y uno, que ya tiene una edad, mira todo esto con mezcla de horror y nostalgia. Porque sabes que dentro de veinte años esos mismos chavales verán fotos suyas y dirán: “¿Pero cómo podía salir así a la calle?”.
Exactamente igual que nosotros vemos ahora nuestras fotos con pantalones anchos, camisetas imposibles y peinados de delincuente de videoclub.
La moda funciona así. Primero te convence de que eres especial. Luego te convierte en fotocopia. Y finalmente te deja una carpeta de fotos para que tus hijos se rían de ti sin piedad.
La diferencia es que antes las pruebas estaban en álbumes familiares escondidos en un cajón. Ahora están en internet, en alta resolución y con filtros.
Así que sí, nos reímos. Nos parece raro. Nos dan ganas de bajarles los calcetines por pura higiene visual. Pero también sabemos que esto pasará.
Que Dios les pille con las piernas limpias.
