Las reuniones de comunidad: dos horas para decidir si se cambia una bombilla

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Las reuniones de comunidad son probablemente la demostración definitiva de que el ser humano no está preparado para tomar decisiones colectivas. Sobre el papel parecen algo bastante sencillo: hay un grupo de vecinos, existe una lista de asuntos pendientes, se habla de ellos, se vota y cada uno vuelve tranquilamente a su casa. No debería tener mucho más misterio.

Pero eso es la teoría. En la práctica, una reunión de comunidad se parece más a una cumbre internacional celebrada en un portal, solo que con peores sillas, bastante menos educación y una señora del tercero convencida de que el presidente lleva años ocultando algo relacionado con las jardineras.

La convocatoria puede ser aparentemente inofensiva: «Aprobación del presupuesto para reparar la puerta del garaje». Tú lees eso y calculas veinte minutos. Media hora como máximo si alguien hace una pregunta. Dos horas después sigues allí escuchando a un señor explicar un problema que ocurrió en 2017 y que, por algún motivo, considera imprescindible resolver antes de hablar de la puta puerta.

Porque las reuniones de comunidad siempre empiezan de una forma parecida. El administrador coloca sus papeles, el presidente intenta poner cara de persona con autoridad y alguien pregunta cuánto va a durar porque ha dejado la cena preparada. Entonces, cuando todavía no habéis conseguido entrar en el primer punto del orden del día, aparece la frase que ha destruido más tardes que cualquier avería:

—Ya que estamos todos aquí, quería comentar una cosa.

En ese momento sabes que estás jodido.

Porque «la cosa» nunca tiene nada que ver con lo que habéis ido a tratar. Puede ser una bicicleta que alguien dejó una tarde en el portal, una maceta sospechosa, un perro que ladra, una puerta que un vecino cierra demasiado fuerte o una bolsa de basura que apareció junto al ascensor durante aproximadamente once minutos el pasado mes de febrero. Nadie sabe quién la dejó, nadie hizo una fotografía, jamás volvió a suceder y probablemente la bolsa ya esté siendo reciclada en Indonesia, pero alguien considera fundamental que conste en acta.

Luego está el vecino que no aparece nunca. No participa, no responde a los mensajes y posiblemente no sepa ni cómo se llama el presidente. Lleva cuatro años sin acudir a una reunión, pero el día que se propone gastar 38 euros en cambiar un muelle de una puerta aparece con una carpeta debajo del brazo y la energía de un fiscal anticorrupción.

—¿Tenemos tres presupuestos?

Son treinta y ocho euros, Manolo. No estamos construyendo un aeropuerto.

Pero Manolo necesita tres presupuestos, un informe técnico y, si fuera posible, una auditoría independiente. Le da exactamente igual que la puerta lleve seis meses golpeando en el culo a todo el que entra. Él quiere transparencia. Eso sí, si le dices que busque él otro presupuesto porque conoce a alguien que «lo hace mucho más barato», de repente se produce un silencio maravilloso.

Y ese es otro personaje imprescindible: el experto en absolutamente todo. Da igual el asunto que se trate porque él controla. Si se habla del ascensor, entiende de ascensores. Si aparece una humedad, sabe de construcción. Si hay que podar un árbol, resulta que su cuñado conoce a uno que tiene una empresa y asegura que el presupuesto presentado es carísimo. Siempre hay alguien que lo hace por la mitad de precio, pero curiosamente nunca conseguimos conocerlo.

A mí esta gente me fascina. Son capaces de desmontar cualquier presupuesto en treinta segundos, pero jamás se ofrecen a buscar una alternativa. Su trabajo termina exactamente en el momento en que dicen «eso se puede conseguir mucho más barato». Cuando respondes «perfecto, consíguelo», desaparece el experto y vuelve a convertirse en un vecino normal.

Luego tenemos una de mis modalidades favoritas: utilizar la comunidad para resolver una guerra personal. Dos vecinos llevan tres años sin hablarse porque uno puso un felpudo que al otro le molesta. Evidentemente nadie va a reconocer que todo el problema consiste en que se tienen un asco tremendo, así que empiezan a proponer normas de convivencia aparentemente generales. De repente aparece sobre la mesa una «regulación de elementos decorativos situados en las proximidades de las viviendas».

No quieren regular una mierda.

Quieren joderle el felpudo al del cuarto.

Y así con todo. El que quiere prohibir que se suban bolsas de la compra en determinado ascensor porque una vez coincidió con una vecina cargada del Mercadona. El que quiere cambiar el horario de sacar los cubos porque escucha al conserje cuando vuelve de cenar. Y, por supuesto, el vecino de la piscina.

Todas las comunidades con piscina tienen una persona cuya existencia gira alrededor de ella. Da igual que la reunión sea en enero, esté nevando, se haya roto la caldera y exista una grieta que atraviese el garaje de punta a punta. Esa persona levantará la mano y preguntará a qué hora va a abrir la piscina este verano.

Lo maravilloso es que nadie escucha realmente a nadie. Mientras un vecino está hablando, los demás no están prestando atención; están preparando mentalmente lo que van a decir cuando termine. Por eso todos los asuntos se explican aproximadamente siete veces y aparece constantemente el maravilloso «como ya he dicho antes».

Sí, Paco. Lo has dicho antes. Lo has dicho durante y probablemente lo vuelvas a decir después. Lo has repetido tantas veces que el extintor del rellano ya conoce tu postura.

Mientras tanto, el administrador intenta recuperar el orden, el presidente empieza a mirar el reloj cada treinta segundos, una pareja mantiene su propia discusión en voz baja y el señor del bajo levanta la mano porque necesita explicar un antecedente que comienza en 1996.

Y después de dos horas hablando de perros, macetas, piscinas, felpudos, bicicletas y una bolsa de basura desaparecida hace siete meses, por fin regresamos al asunto por el que habíamos bajado todos: la puerta del garaje está rota y arreglarla cuesta 600 euros.

Parece fácil.

Pues tampoco.

Uno dice que él se abstiene porque no tiene coche. Otro considera que debería pagar menos porque normalmente entra andando. Alguien pregunta si no puede abonarse «con el dinero que ya tiene la comunidad», como si las cuentas comunitarias fueran un cofre mágico que se rellena solo por las noches. Otro vuelve a preguntar si tenemos tres presupuestos y, cuando finalmente parece que vamos a votar, alguien recuerda que todavía no hemos resuelto lo de la maceta.

Al final se aprueba la reparación. Milagrosamente. Pero un vecino exige que conste en acta que él ha votado a favor aunque no está completamente de acuerdo con una parte del presupuesto.

Y consta.

Por supuesto que consta.

Entonces llega el momento que llevas esperando desde que bajaste: se levanta la sesión. Recoges tus cosas, miras la puerta y empiezas a calcular cuánto tardarás en llegar al sofá.

Error.

Todavía queda la posreunión.

La posreunión consiste en formar pequeños grupos en el portal para volver a hablar de exactamente las mismas cosas que acabamos de discutir durante dos horas, solo que ahora sin el administrador delante. Siempre comienza alguien con un «yo no quería decir nada, pero…».

Mentira. Llevas queriendo decirlo desde que bajaste de casa.

Ahí se crean nuevas alianzas, se recuperan viejos rencores y se llega a la conclusión de que el presidente lo está haciendo fatal. Eso sí, cuando toca elegir presidente nadie quiere serlo. Todo el mundo sabe cómo debería gestionar la comunidad el presidente, pero curiosamente ninguno tiene el más mínimo interés en ocupar su puesto.

Esa es posiblemente la esencia de la democracia vecinal: queremos que alguien se responsabilice de todo para poder criticar cómodamente cómo lo hace.

Y aun así seguiremos celebrando reuniones de comunidad. Porque hay que aprobar presupuestos, reparar puertas, organizar servicios y decidir cosas entre todos. No hemos encontrado todavía un sistema mejor y probablemente tampoco lo encontremos.

Pero cada vez que veo una convocatoria en el ascensor y leo «Junta General Ordinaria», siento algo parecido a cuando recibes una carta certificada de Hacienda. Sabes que probablemente no pase nada grave, pero también sabes que esa tarde ya te la han jodido.

Y allí estaremos todos.

El presidente. El administrador. Manolo con sus tres presupuestos. El experto en ascensores. La señora de la piscina. El enemigo del felpudo. Y yo, mirando el reloj y prometiéndome por vigésima vez que en la próxima reunión no pienso abrir la boca.

Hasta que alguien diga:

—Ya que estamos todos aquí…

Y entonces volverá a empezar todo.

Porque podemos tardar dos horas y media en decidir si arreglamos una puerta, pero hasta que no descubramos quién dejó aquella puta bolsa junto al ascensor, esta comunidad no va a conocer la paz.

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