Ser del Atleti cuando ser del Atleti era una putada

Ayer estábamos hablando de fútbol entre amigos y acabamos recordando cómo era ser del Atleti cuando éramos pequeños. Esta mañana, con el café, he recogido parte de aquella tertulia y he subido a Instagram una de esas reflexiones de mierda que suelo escribir sobre las cosas que se me van pasando por la cabeza durante la semana. Lo hago un poco a modo de terapia, porque siempre será mejor soltar mis gilipolleces por Instagram que ir por la calle gritándole a la gente y terminar detenido. Tampoco pretendía llegar a ninguna conclusión importante sobre la vida: escribes lo que piensas, lo publicas, te quedas a gusto y a otra cosa.

Pero la conversación ha seguido después en un grupo de WhatsApp. Y ahí ha aparecido mi amigo Rafa, que tiene humor de francotirador: habla poco, apunta bien y casi siempre acierta donde más gracia hace. Ha empezado a soltar una detrás de otra y, sinceramente, eran bastante mejores que la reflexión de mierda con la que yo había empezado el día. Así que he hecho lo que hace cualquiera cuando un amigo te mejora el artículo sin saber que está escribiendo uno: robarle las mejores frases, reconocerle la autoría y juntarlas aquí.

Ahora ser del Atleti mola. Ves camisetas por todas partes, hay niños atléticos en cualquier colegio y encontrarte a otro del Atlético no tiene absolutamente nada de especial. Pero cuando nosotros éramos pequeños era otra historia. Yo recuerdo clases de 40 o 45 niños donde del Atleti podíamos ser cinco o seis como mucho. El resto parecían haber firmado un convenio colectivo con el Madrid.

Y claro, como el Atlético perdiera el domingo, el lunes sabías perfectamente lo que te esperaba. El problema es que por aquella época tampoco es que el Atleti pusiera demasiado de su parte para evitarnos esos lunes. Perdíamos bastante, así que nuestros compañeros tenían material de sobra para tocarnos los cojones.

Rafa ha dicho en el grupo una cosa que me ha hecho bastante gracia: «Los atléticos no hemos sufrido bullying. Ahora lo llamarían estrés postraumático y nos pondrían cuatro psicólogos». Y, entiendo perfectamente lo que quiere decir. Nosotros no sabíamos ni lo que era el bullying. Sabíamos que el lunes, si habíamos perdido, nos iban a dar por culo y punto. Y además no era uno. Era el de tu clase, el del recreo, el de la otra clase y hasta algún gilipollas de profesor que normalmente ni te hablaba pero ese día se acercaba a preguntarte qué había hecho el Atleti, como si no supiera perfectamente el resultado.

Y de ahí ha salido otra de Rafa: o salías con personalidad y huevos o te comían. Antes todos éramos más duros y ahora los niños necesitan un psicólogo porque se les ha roto un lápiz. Ser del Atlético en aquella época sí significaba acostumbrarte al cachondeo. Perdías el domingo, te tocaban los cojones el lunes y el martes volvías al colegio con tu camiseta del Atleti. Tampoco había mucho más que hacer.

Lo que no recuerdo es plantearme alguna vez cambiar de equipo. Ni una puta vez. Podíamos perder, hacer una temporada de mierda, tragarnos alguna goleada y tener que escuchar durante toda la semana a los madridistas, pero hacerte del Madrid no era una posibilidad. Es más, cuanto peor iban las cosas, parecía que más del Atleti eras. No tenía ningún sentido y seguramente por eso tenía todo el sentido del mundo.

Entonces Rafa ha soltado la que para mí es la frase de toda la conversación: «Encontrar a otro atlético era como encontrar a otro cristiano en la época de Nerón».

Y es que era exactamente eso. Cuando encontrabas a otro del Atleti parecía que habías encontrado a un familiar. Daba igual que no le conocieras de nada. Era del Atlético y ya teníais algo en común. Éramos tan pocos que casi daban ganas de abrazarse.

Luego ha salido otro tema que tampoco había pensado demasiado hasta hoy. Mucha gente era del Madrid y además de otro equipo. Del Madrid y del Oviedo porque su padre era de allí, del Madrid y del Rayo por su abuelo, del Madrid y del Albacete porque tenía familia allí. Siempre había un segundo equipo y una explicación.

Pero preguntabas a uno del Atlético y era del Atlético.

—¿Y de algún otro?

¿De qué coño voy a ser?

Para un atlético solo existía el Atlético. Y aquí Rafa ha hecho otra comparación bastante buena: éramos como los Stark. Puede haber siete reinos, veinte familias dándose de hostias y todo Dios queriendo quedarse con el trono, pero para un Stark solo existe un rey, el Rey en el Norte.

Pues nosotros igual.

Solo que nuestro Norte era el Calderón.

Supongo que por eso también celebrábamos las victorias como las celebrábamos. Ganar no eran solamente tres puntos. Ganar significaba que el lunes podías entrar en clase tranquilo y, sobre todo, que por una puta vez eras tú el que podía tocar los cojones. Y si encima ganábamos al Madrid, aquello te daba combustible para unas cuantas semanas.

Seguramente la memoria exagera mucho estas cosas. Cuando eres niño un recreo parece mucho más importante de lo que realmente es y perder un derbi puede convertirse en una tragedia griega. Pero sí recuerdo perfectamente la sensación de que éramos pocos. Y también recuerdo que eso, en lugar de hacer que te escondieras, conseguía justo lo contrario.

Ahora veo a un montón de chavales con la camiseta rojiblanca y me gusta. Me alegra que un niño pueda llegar al colegio siendo del Atlético y encontrarse con otros diez como él.

Aunque reconozco que alguna vez los miro y pienso: Qué fácil lo tenéis, cabrones.

Nosotros no éramos del Atleti. Nosotros sobrevivimos al Atleti.

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