Hay películas que recuerdas con muchísimo cariño y luego, cuando las vuelves a ver treinta o cuarenta años después, descubres que quizá era mejor dejarlas tranquilas en la memoria. Con Conan el Bárbaro me pasa justo lo contrario. La he visto un montón de veces y cada vez me gusta más. Y no sé si es porque me estoy haciendo mayor, porque el cine ha cambiado demasiado o porque simplemente ya no se hacen muchas películas con los cojones con los que John Milius hizo esta en 1982. Porque Conan podrá tener todos los defectos que quieras, pero personalidad le sobra. Es una película que sabe perfectamente lo que quiere ser y no pide perdón por ello.

Además, empieza fuerte de cojones. Conan es todavía un niño cuando unos guerreros arrasan su aldea, matan a sus padres delante de él y se lo llevan como esclavo. No hay demasiadas vueltas. En unos minutos ya sabes perfectamente por qué este chaval va a crecer bastante cabreado con el mundo. Después vienen los años empujando aquella enorme rueda, la esclavitud, los combates y finalmente la libertad. Y de aquella rueda sale Arnold Schwarzenegger convertido en una puta montaña con piernas y con una cosa bastante clara en la cabeza: algún día va a encontrar al cabrón responsable de todo aquello.

Lo curioso es que, vista desde fuera, la historia podría parecer bastante simple. Un tío enorme con una espada buscando venganza. Y sí, evidentemente hay mucho de eso, pero debajo hay bastante más. Conan habla continuamente de la fuerza, del poder, de la amistad, de la muerte, de los dioses, del fanatismo y de la capacidad de unas personas para dominar a otras. Conan empieza creyendo que el poder está en el acero, porque después de la vida que ha llevado es bastante lógico pensar que una espada enorme puede solucionar casi cualquier problema. Entonces aparece Thulsa Doom y le demuestra que existe una fuerza bastante más jodida: conseguir que alguien haga lo que tú quieras sin necesidad de tocarlo.

Y qué cabrón James Earl Jones haciendo de Thulsa Doom. Me parece uno de los grandes aciertos de la película. No necesita pasarse dos horas gritando ni poniendo cara de loco. Está tranquilo. Habla despacio, observa y tiene esa seguridad del que sabe que todo el mundo que tiene alrededor haría cualquier cosa por él. Eso da muchísimo más mal rollo. Hay una escena concreta en la que demuestra a Conan hasta dónde llega su poder sobre sus seguidores y ahí entiendes perfectamente lo que Milius lleva toda la película contando. Puedes tener la espada más grande del mundo, pero si otro tío puede conseguir que cientos de personas estén dispuestas a morir por él con una simple orden, igual el acero no es tan poderoso como pensabas.

Y luego está Arnold. Vamos a quitarnos también las tonterías de encima: Schwarzenegger no necesitaba ser un actor shakespeariano para hacer de Conan. Necesitaba ser Conan. Y físicamente era difícil imaginar a otro. Cuando aparece medio desnudo, cubierto de barro, con aquellos brazos y cargando con una espada que parece pesar más que un frigorífico, te lo crees. No parece un actor que haya pasado seis meses entrenando para una película. Parece que John Milius se fue a una montaña, encontró a aquel animal dando vueltas por allí y decidió llevárselo al rodaje.

Además, habla poco, que también ayuda. Conan no necesita estar explicándonos continuamente lo que siente. Ya sabemos lo que siente. Le han matado a sus padres, ha pasado media vida como esclavo, ha tenido que matar para sobrevivir y lleva años buscando al hijo de puta responsable. No hace falta sentarlo junto a una hoguera durante veinte minutos para que nos explique sus traumas. La película confía bastante en que el espectador no sea gilipollas y pueda entender algunas cosas simplemente mirando lo que ocurre. Y eso, viendo determinado cine actual donde parece que todo tiene que explicarse tres veces, se agradece muchísimo.

Luego está la música de Basil Poledouris, que directamente juega en otra liga. La banda sonora de Conan el Bárbaro es una puta barbaridad. Hay momentos en los que la música prácticamente lleva la película ella sola. Los coros, los metales, la percusión… todo suena enorme. Puedes poner esa banda sonora mientras bajas a tirar la basura y cuando llegues al contenedor vas a pensar que estás depositando las cenizas de tus antepasados antes de marcharte a conquistar un reino. Y lo mejor es que Milius sabe utilizarla. Hay secuencias largas sin apenas diálogo donde solo necesitas el paisaje, los personajes y a Poledouris reventando los altavoces.

También me encanta saber que buena parte de todo aquello se rodó en España. Esos paisajes que parecen pertenecer a un mundo perdido están aquí, y creo que eso ayuda muchísimo a que la película siga teniendo ese aspecto tan físico. Hay tierra, piedras, montañas, polvo y barro de verdad. Los actores están realmente ahí. Cuando Conan escala una roca, hay una puta roca debajo. Cuando atraviesan un paisaje enorme, el paisaje existe. Todo tiene textura, incluso suciedad, y ese mundo parece incómodo, peligroso y bastante poco recomendable para ir de vacaciones. Exactamente como debería ser el mundo de Conan.

Y la película tampoco se corta demasiado con la violencia. Hay sangre, decapitaciones, esclavitud, sexo, cadáveres, brujería, serpientes gigantes, cultos chungos y gente solucionando discusiones con una espada. Pero nunca he tenido la sensación de que la violencia esté metida simplemente para provocar. Ese mundo es así. Es brutal, sucio y peligroso. Si Conan entra en una pelea con una espada de semejante tamaño, lo raro sería que todos acabasen tomando una cerveza y hablando de sus diferencias.

Quizá por eso me gusta tanto que tampoco exista esa necesidad constante de romper cualquier momento serio con un chiste. Si la escena es triste, es triste. Si tiene que dar mal rollo, lo da. Si alguien muere, la película deja que esa muerte pese. No aparece inmediatamente un personaje soltando una gilipollez para tranquilizarnos y recordarnos que estamos viendo una película. Conan puede ponerse solemne hasta rozar lo absurdo algunas veces, claro que sí, pero prefiero eso a una película que parece avergonzarse de tomarse en serio a sí misma.

Y Valeria merece también su parte, porque Sandahl Bergman está cojonuda. Podrían haberla convertido fácilmente en la típica mujer que acompaña al héroe para enamorarse de él y esperar a que la rescate, pero no tiene nada que ver con eso. Valeria roba, pelea, bebe, mata y se mueve por ese mundo con la misma naturalidad que Conan. Cuando están juntos funcionan porque parecen dos personas hechas de la misma mierda, dos supervivientes que se encuentran y durante un tiempo deciden recorrer juntos el camino. Y precisamente por eso lo que ocurre después funciona mucho mejor emocionalmente.

¿Es Conan el Bárbaro una película perfecta? Pues claro que no. Tiene momentos lentos, algunas actuaciones son peculiares y hay decisiones que hoy probablemente no pasarían de la primera reunión de producción. También tiene una solemnidad que puede echar para atrás a quien no entre en su juego. Pero me importa una mierda. Precisamente esa falta de miedo al ridículo es parte de lo que la hace especial. Milius quería hacer una película de bárbaros, acero, sangre, dioses, hechicería y muerte, y la hizo convencido de que aquello era lo más importante del mundo. No hay guiños constantes al espectador. No hay nadie diciéndonos «tranquilos, sabemos que todo esto es un poco absurdo». Aquí existe Crom, existen los bárbaros, existe la magia y existen tíos capaces de partirte la cabeza con una espada. Te lo crees o no te lo crees. La película no va a perder el tiempo intentando convencerte.

Eso es probablemente lo que más echo de menos cuando la vuelvo a ver. Conan el Bárbaro tiene una personalidad brutal. Puedes verla y pensar que es demasiado lenta, demasiado violenta, demasiado exagerada o demasiado machota. Perfecto. Pero nadie puede decir que sea una película hecha para contentar a todo el mundo. Tiene una estética propia, una música que reconoces en dos segundos, personajes que recuerdas cuarenta años después y una forma muy concreta de entender la aventura y la fantasía.

A mí, desde luego, me sigue funcionando de puta madre. Me gusta Schwarzenegger siendo Conan antes de convertirse definitivamente en Schwarzenegger. Me encanta James Earl Jones con esa tranquilidad de cabrón peligroso. Me gusta Valeria, me gustan esos paisajes españoles, me gusta la suciedad, me gusta la espada gigantesca y me vuelve loco la banda sonora de Poledouris. Incluso me gustan algunas de sus cosas más exageradas porque forman parte de lo que es.

Y quizá por eso sigo volviendo a ella tantos años después. Porque Conan el Bárbaro no intenta gustarme. No intenta ser simpática conmigo ni explicarme cómo tengo que sentirme. Simplemente me abre la puerta de un mundo lleno de acero, sangre, polvo, brujería y mala hostia y me dice que entre si me apetece.

Pues entro.

Y cada puta vez que entro me lo paso de cojones.

No es una película para blanditos.

Y gracias a Crom por ello.

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