Hubo una época maravillosa en la que comprabas una lavadora, la enchufabas, girabas una rueda y la muy cabrona lavaba la ropa. No necesitaba saber tu correo electrónico, no te preguntaba por tus preferencias de privacidad y no intentaba establecer una relación emocional contigo. Era una lavadora. Su trabajo consistía en meter agua, dar vueltas y conseguir que los calzoncillos salieran razonablemente limpios. Y lo hacía sin que nadie tuviera que aceptar treinta y siete páginas de condiciones de uso.
Ahora compras un electrodoméstico y lo primero que te pide es que descargues una aplicación. Da igual que sea una cafetera, una báscula, un cepillo de dientes o una freidora de aire. Todo quiere una aplicación. Parece que hemos llegado a un punto de la evolución humana en el que somos incapaces de preparar unas patatas sin que un servidor situado en algún lugar del planeta supervise el proceso. Y nos lo venden como un avance extraordinario: «Controla tu cafetera desde cualquier parte del mundo». Cojonudo. Porque una de mis mayores preocupaciones cuando estoy de vacaciones es saber si puedo poner un cortado en mi cocina.
El proceso de instalación también tiene su encanto. Sacas el aparato de la caja, lo conectas y descubres que para usarlo debes crear una cuenta. Introduces tu nombre, el correo, una contraseña con mayúsculas, minúsculas, números y un símbolo especial. Después recibes un código de verificación que caduca antes de que consigas abrir el correo. Lo introduces, aceptas que la empresa recopile datos sobre tus hábitos domésticos y, cuando ya crees que vas a poder utilizar el aparato, aparece un mensaje diciendo que tu wifi no es compatible.
Y ahí estás tú, en la cocina, negociando con una tostadora.
Lo mejor es que la aplicación suele prometer funciones que nadie había pedido. La cafetera puede guardar tu bebida favorita, enviarte avisos y preparar un café según la hora del día. La lavadora te manda notificaciones para decirte que ha terminado, como si no pudieras comprobarlo mirando la ropa mojada. El frigorífico, si tiene pantalla, puede convertirse en una especie de centro de mando familiar. Un centro de mando que cuesta más que el frigorífico de toda la vida y que probablemente se quede obsoleto antes que la nevera.
¿Y si se cae internet? ¿Qué pasa si cambias de teléfono, olvidas la contraseña o la empresa deja de actualizar la aplicación? De pronto el aparato que antes funcionaba con dos botones se convierte en un objeto incomprensible. Lo inteligente era el electrodoméstico; el que se siente idiota eres tú, intentando recordar qué correo utilizaste cuando configuraste el horno.
No tengo nada contra la tecnología. Está muy bien que una máquina haga mejor o más fácil una tarea. El problema es confundir utilidad con ponerle wifi a todo. Si la aplicación ahorra tiempo, estupendo. Si permite controlar una función que de verdad viene bien, adelante. Pero si para calentar una pizza tengo que registrarme, aceptar avisos y recuperar una contraseña, igual hemos complicado un poco el asunto.
A este paso, el día que se estropee la lavadora no vendrá un técnico. Vendrá un informático, te pedirá el móvil, actualizará el firmware y te dirá que el ciclo de centrifugado está disponible en la versión prémium. Mientras tanto, la ropa seguirá ahí, empapada, esperando a que alguien recuerde cómo se lavaba antes: pulsando un botón.
Y como se vaya la luz, ya solo quedará hacer la colada a mano y pedirle perdón al aparato por no haber aceptado las cookies.
