Yo siempre he sido de producto nacional. No me ha dado ahora un ataque repentino de patriotismo porque haya descubierto una aplicación, ni he necesitado ver quinientos tractores entrando en Madrid para acordarme de que en España tenemos agricultores, ganaderos, productores y empresas que viven de que nosotros compremos lo que hacen. Siempre que puedo elegir y las condiciones son razonables, compro español.

Por eso me ha hecho bastante gracia descubrir Patriorigen. Hasta ahora, cuando hacía la compra, miraba el precio, la calidad, la fecha de caducidad y, siempre que podía, el origen. Ahora resulta que también puedo sacar el móvil, escanear el código de barras y consultar información disponible sobre la procedencia del producto. Vamos, que antes miraba cuánto costaba el tomate y ahora también le miro el pasaporte.

Y me parece cojonudo.

No necesito una aplicación que me diga qué tengo que comprar. Necesito una aplicación que me ayude a saber qué coño estoy comprando. Parece lo mismo, pero no lo es. Quiero tener toda la información posible delante y después decidir yo dónde dejo mi dinero.

Y mi primera opción ya la conozco: España.

Si tengo delante un tomate español y uno marroquí, compro el español. Si tengo unas fresas españolas y otras importadas, compro las españolas. Si encuentro un producto fabricado aquí y otro equivalente que viene de fuera, mi preferencia vuelve a ser el de aquí.

No veo nada extraordinario en ello.

Es más, me parece bastante coherente después de pasarnos media vida diciendo que hay que defender nuestro campo. Porque somos muy aficionados a apoyar a los agricultores cuando están hasta los cojones y salen con los tractores a la carretera. Ese día todos ponemos una bandera, compartimos un vídeo y descubrimos repentinamente que nuestros abuelos tenían un pueblo.

Pero apoyar al campo español cuando hay una manifestación es gratis.

Apoyarlo cuando sacas la cartera es otra historia.

Nuestros agricultores y productores pagan aquí sus impuestos, generan actividad económica aquí, compran maquinaria, contratan trabajadores y tienen que cumplir las normas españolas y europeas. Cuando compro uno de sus productos sé que una parte de mi dinero está ayudando a mantener esa actividad.

Y eso me importa.

Además, en mi caso existe otro motivo para querer conocer especialmente cuándo un producto procede de Marruecos.

No estoy conforme con la situación migratoria y fronteriza que vive España ni con cómo se han gestionado durante años determinados episodios relacionados con nuestra frontera sur. No me gusta la presión migratoria que soportamos y tampoco me gusta la sensación de dependencia que España mantiene en determinadas cuestiones respecto al país vecino.

Y sí, eso también influye en mis decisiones como consumidor.

No voy a escribir aquí que Marruecos “invade España” como si el Gobierno marroquí hubiera mandado al ejército cruzando el Estrecho, porque eso sería convertir una opinión política sobre inmigración y fronteras en una afirmación que significa otra cosa.

Pero sí puedo decir perfectamente lo que pienso: considero que España tiene un problema serio con la inmigración irregular y con el control de sus fronteras, y no me gusta la situación que mantenemos con Marruecos.

Y si pienso eso, me parece bastante absurdo que después haga la compra sin preocuparme lo más mínimo por el origen de los productos que estoy financiando con mi dinero.

Eso tampoco significa que tenga nada contra un marroquí por el simple hecho de ser marroquí. El agricultor que está allí dejándose la espalda trabajando probablemente quiere exactamente lo mismo que el agricultor de Almería, Murcia o Huelva: ganarse la vida y sacar adelante a su familia.

Mi decisión no va contra él.

Va a favor del mío.

Y creo que esa diferencia es bastante importante.

No quiero comprar producto español porque odie el producto marroquí. Quiero comprar producto español porque quiero apoyar al agricultor español, al productor español, a la empresa española y a la economía española. Y, además, personalmente no quiero favorecer mediante mis decisiones de consumo a un país cuya relación política y migratoria con España me genera un profundo rechazo.

Mi dinero es mío.

Y mientras los productos sean legales y estén a la venta, cada uno puede gastarlo donde le salga de los cojones.

Esa es precisamente la gracia.

Yo puedo decidir comprar español y otro puede decidir que le importa una mierda el origen y comprar exclusivamente lo más barato. Los dos estamos ejerciendo exactamente la misma libertad como consumidores.

Lo que quiero es información para poder ejercerla.

Y ahí es donde Patriorigen me parece especialmente interesante. Según explica la propia herramienta, consulta Open Food Facts y analiza el origen y el lugar de fabricación declarados. También utiliza información relacionada con el código de barras para ofrecer más contexto al consumidor.

Pero tampoco hagamos el gilipollas.

La propia plataforma advierte de algo importante: el prefijo 611 fue asignado por GS1 Marruecos, pero ese dato no demuestra necesariamente que el producto haya sido fabricado allí. Un código de barras no es literalmente el pasaporte del tomate, aunque me haya venido de puta madre para titular este artículo.

Así que nada de sacar el móvil, descubrir un 611 y empezar a señalar un bote de aceitunas como si acabáramos de detener a un agente extranjero infiltrado en el pasillo cuatro.

Hay que mirar la información.

Comprobar la etiqueta.

Consultar el origen declarado.

Y después decidir.

Porque si queremos defender el producto español no necesitamos inventarnos absolutamente nada. Tenemos argumentos de sobra.

Lo verdaderamente interesante de herramientas como Patriorigen es que empiezan a darle al consumidor algo que llevamos años reclamando: más capacidad para saber qué hay detrás de aquello que compra.

Las empresas saben prácticamente todo sobre nosotros. Saben qué compramos, cuánto gastamos, qué buscamos, qué anuncios vemos y hasta qué productos hemos dejado abandonados en un carrito online a las tres de la mañana.

Pues yo también quiero saber cosas.

Quiero saber de dónde viene el producto.

Quiero saber dónde se fabrica.

Quiero saber si existe una alternativa española.

Y después tomaré mi decisión.

Yo ya sé cuál será muchas veces.

Producto nacional primero.

No porque España fabrique siempre lo mejor del mundo. No porque todo lo extranjero sea malo. Y desde luego no porque piense que comprar un tomate marroquí vaya a provocar el colapso de Occidente.

Simplemente porque, pudiendo elegir, prefiero ayudar a los míos.

Me parece curioso que esto necesite tantas explicaciones.

Cuando compras en la tienda de un amigo para echarle una mano nadie te acusa de odiar al comercio de la calle siguiente. Cuando eliges el restaurante de tu barrio porque quieres que siga abierto nadie interpreta que tengas un conflicto diplomático con el restaurante de otro municipio.

Pues con el producto nacional hago exactamente lo mismo.

Quiero que nuestros agricultores puedan seguir cultivando.

Quiero que nuestras empresas puedan seguir produciendo.

Quiero que nuestros pueblos tengan actividad.

Y quiero que nuestros productores puedan competir.

Luego llegará el momento de hacer la compra y, probablemente, mi mujer terminará hasta los cojones de verme apuntando con el móvil a cada código de barras.

—Javi, coge los putos tomates y vámonos.

—Espera, que estoy mirando el pasaporte.

Pues sí.

A partir de ahora lo miraré todavía más.

Porque llevo años diciendo que prefiero producto español y ahora tengo una herramienta más para intentar saber qué estoy comprando.

Y si además puedo evitar dejar mi dinero en productos procedentes de un país con cuya relación política y migratoria no estoy de acuerdo, pues otra razón más.

No necesito prohibiciones.

No necesito boicots obligatorios.

Y no necesito que nadie decida por mí.

Necesito información.

Después saco mi cartera y decido.

Y siempre que pueda elegir en condiciones razonables, mi dinero empieza buscando lo mismo: Producto español.

Nota:

Y ya sé lo que alguno me va a contestar: “Pues bien que compras cosas fabricadas en China”. Claro que compro productos chinos. Como prácticamente todo el mundo. Y seguramente también compro cosas fabricadas en Alemania, Francia, Vietnam o cualquier otro país. Utilizar eso para invalidar mi decisión de no comprar productos marroquíes me parece bastante demagógico. Yo no he dicho que vaya a dejar de comprar cualquier cosa que no sea española ni pretendo vivir en una cueva fabricándome mis propios calzoncillos. He dicho algo mucho más sencillo: siempre que puedo priorizo producto nacional y, además, he decidido que no quiero gastar mi dinero en productos procedentes de Marruecos. Es una decisión concreta respecto a un país concreto y motivada por mi opinión sobre la relación que mantiene con España. Que mi móvil tenga componentes asiáticos no me obliga a comprar tomates marroquíes.

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