Pues ya está. Se acabó. Pasó el puto eclipse. La Luna hizo lo que llevaba millones de años haciendo sin pedir permiso a nadie, el Sol volvió a aparecer por donde tenía que aparecer y, contra todo pronóstico, la civilización occidental continúa funcionando. No se abrió ninguna puerta interdimensional, los océanos no comenzaron a hervir y ningún jinete del Apocalipsis apareció bajando por la A-2. Podemos respirar tranquilos. Hemos sobrevivido.
Y mira que nos habían preparado para el acontecimiento. Durante días parecía que no iba a ocurrir un eclipse, sino que Galactus venía a comerse la Tierra. Informativos, periódicos, redes sociales, expertos, mapas, horarios, recomendaciones, gafas especiales y gente explicándote dónde tenías que colocarte exactamente para contemplar cómo la Luna pasaba por delante del Sol. Porque si algo se nos da realmente bien como especie es convertir cualquier acontecimiento mínimamente extraordinario en una puta feria.
De repente todo el mundo era astrónomo. El lunes no sabíamos distinguir Venus de un avión de Ryanair, pero veinticuatro horas después hablábamos de porcentajes de ocultación, trayectorias solares y protección ocular con una seguridad que ya quisiera Stephen Hawking. España volvió a demostrar su extraordinaria capacidad para fabricar especialistas instantáneos. Hemos sido epidemiólogos, vulcanólogos, estrategas militares, seleccionadores nacionales y expertos en geopolítica. Esta semana tocaba astronomía. La semana que viene ya veremos qué coño somos.
Y llegaron las gafas. Las putas gafas del eclipse. Porque mirar hacia el cielo, evidentemente, ya no podía hacerse como llevamos haciendo desde que bajamos de los árboles. Había que tener unas gafas homologadas, certificadas, bendecidas probablemente por la Agencia Espacial Europea y capaces de soportar una explosión nuclear a quince metros. Y ahí estaba la inmensa mayoría con aquellas gafitas puestas, mirando hacia arriba con aspecto de estar esperando un autobús intergaláctico.
Pero lo verdaderamente maravilloso fue comprobar cómo un fenómeno que llevaba calculado una barbaridad de tiempo consiguió sorprendernos igualmente. «¡Mira, mira, que empieza!». Hombre, claro que empieza. Para eso llevamos una semana hablando de que empezaba exactamente a esa hora. No era una aparición mariana. Había astrónomos que podían decirte prácticamente dónde iba a estar cada piedra del sistema solar en ese momento. Pero nosotros reaccionábamos como si la Luna hubiera decidido improvisar.
Luego llegó el momento de sacar el móvil. Porque ya puedes tener delante uno de los espectáculos astronómicos más curiosos que vas a ver en años, que nuestro primer instinto moderno no es contemplarlo. Es grabarlo. Ahí tienes a cientos de personas intentando fotografiar el Sol con un teléfono mientras en la pantalla aparece una puta mancha blanca borrosa que podría ser perfectamente una farola. Pero da igual. Había que inmortalizarlo. Tenemos que demostrar que estuvimos allí, aunque para demostrarlo dejemos de mirar lo que estábamos viendo.
Las redes sociales hicieron el resto. Durante unas horas Instagram se convirtió en el observatorio astronómico más grande del planeta. El mismo eclipse. Otra vez. Y otra. Y otra. Una foto negra. Una foto movida. Un círculo brillante. Una nube. Un vídeo de doce segundos donde alguien dice de fondo: «¡Hostia, qué guapo!». Material imprescindible para la historia de la humanidad.
Y después ocurrió lo más sorprendente de todo.
Nada.
Absolutamente nada.
La Luna siguió su camino. El Sol volvió a verse normalmente. Los pájaros continuaron con sus asuntos, los perros siguieron oliendo farolas y nosotros volvimos inmediatamente a preocuparnos por cosas realmente importantes, como dónde hemos aparcado el coche o por qué cojones el vecino ha vuelto a dejar la bolsa de basura fuera del contenedor.
Aunque tengo que reconocer una cosa. Entre tanta gilipollez, tanta foto, tanta publicación y tanto experto de última hora, hubo un momento bonito. Durante unos minutos levantamos todos la cabeza. Literalmente. Dejamos de mirar WhatsApp, Twitter, TikTok y el correo del trabajo para mirar algo que estaba ocurriendo a cientos de miles de kilómetros de nosotros. Y durante un instante recordamos que vivimos sobre una enorme piedra que gira alrededor de una estrella mientras una roca gigantesca da vueltas a nuestro alrededor.
Pensándolo bien, es bastante acojonante.
Nuestros antepasados veían desaparecer parcialmente el Sol y probablemente pensaban que algún dios estaba cabreado. Nosotros sabemos perfectamente por qué ocurre, podemos calcularlo con décadas de antelación y tenemos satélites observándolo desde el espacio.
Pero seguimos haciendo básicamente lo mismo que ellos.
Salir fuera.
Mirar hacia arriba.
Y decir:
—Hostia.
Quizá no hayamos evolucionado tanto.
En cualquier caso, tranquilos todos.
El puto eclipse ya pasó.
El Sol sigue ahí.
La Tierra continúa girando.
Y mañana podremos volver a nuestra actividad favorita como especie: preocuparnos colectivamente por la siguiente gilipollez.
