La puta moda del viaje a Laponia para conocer a Papá Noel

Hay modas de padres modernos que han venido fuerte, pero lo de ir a Laponia a conocer a Papá Noel ya ha alcanzado un nivel de delirio financiero digno de estudio psiquiátrico.

Porque antes la Navidad era más simple. Mucho más simple. Tu padre te llevaba a ver a un tío disfrazado fatal con una barba comprada en el chino, sudaba como un cochino debajo del traje rojo y tú eras feliz igual. Fin de la historia. Ahora no. Ahora parece que si no llevas al niño a cruzar medio planeta para abrazar a un señor finlandés en una cabaña con luces cálidas, eres poco menos que el Grinch.

Y allí van miles de familias. Pagando una cantidad de dinero que hace llorar a cualquiera. Cuatro mil, cinco mil, seis mil euros para que el niño vea nieve, monte en un trineo y diga “tengo frío” cada doce segundos mientras tú te preguntas en qué momento decidiste hipotecar tu salud mental por una foto con un puto elfo.

Porque esa es otra: el frío. Nadie te explica bien el frío infernal que hace allí. Tú ves las fotos en Instagram y parece una película navideña preciosa. Lo que no sale es el padre andando como Robocop con siete capas térmicas, los mocos congelados y las pestañas llenas de hielo mientras arrastra un trineo y un niño llorando porque no siente los dedos de las manos.

Y todo para mantener viva una fantasía que nosotros resolvíamos con un centro comercial, una bolsa de caramelos y un Papá Noel con voz de fumador del barrio.

La experiencia además está completamente diseñada para vaciarte el bolsillo con una sonrisa. Todo cuesta dinero. TODO. La foto, el chocolate caliente, los calcetines térmicos, el paseo absurdo, la experiencia premium con trineo y cuatro putos renos, el gorrito del elfo, la bola de nieve y probablemente el oxígeno del bosque si te descuidas.

Y mientras tanto los padres compitiendo entre ellos como pavos reales a ver quién es más gilipollas. Porque ya no basta con regalar juguetes. Ahora hay que regalar “experiencias”. Antes eras buen padre si llegabas con una bicicleta en Reyes. Ahora parece que si tu hijo no desayuna viendo auroras boreales mientras abraza un husky, le estás condenando a veinte años de terapia.

Lo mejor es que muchos niños pequeños ni entienden dónde cojones están. Les da igual Finlandia que Albacete. Solo quieren tirarse por la nieve, comer algo dulce y volver al hotel a ver dibujos. Pero los padres siguen allí grabándolo todo con el móvil como si estuvieran rodando un documental de National Geographic. El niño mientras pensando únicamente en pegarle una patada a un montón de nieve sin prestar atención a nada más de lo que tiene alrededor.

Y ojo, que seguro que el viaje es precioso. Claro que sí. Pero me parece ridícula esta obsesión moderna por convertir cualquier recuerdo infantil en una producción de Netflix de treinta mil euros.

Porque al final, si somos sinceros, muchos de los mejores recuerdos de nuestra infancia navideña fueron muchísimo más cutres: luces malas en la calle, polvorones robados antes de cenar, catálogos de juguetes llenos de círculos a boli y una madre diciendo “como no te portes bien, los Reyes pasan de largo”.

Y con eso nos bastaba. Coño si nos bastaba.

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