“Qué suerte tienes”: la frase favorita de la gente que no vio ni una puta hora del proceso

Esta mañana estaba tomando café con mi amigo Vicente (uno de los cuatro valientes que todavía leen este humilde blog) y hemos acabado hablando de una de esas frases que parecen inofensivas pero que, cuanto más las piensas, más ganas te entran de tirar al que te la dice por la ventana del bar con la silla detrás: «Qué suerte tienes».

Porque es acojonante cómo funciona la cabeza humana. Tú puedes llevar media vida currando, aprendiendo, fallando, volviendo a empezar y echándole horas cuando otros estaban haciendo el canelo… pero el día que algo te sale bien, automáticamente aparece alguien para resumir todo tu esfuerzo en una palabra: suerte.

La suerte. Siempre la puta suerte.

Tú puedes llevar desde los veinte años currando mientras otros estaban tocándose los huevos a dos manos, aprendiendo cosas cuando nadie te obligaba, levantando proyectos que igual no funcionaban, perdiendo dinero, ganándolo, volviéndolo a perder y tragándote más frustraciones que insultos un árbitro en regional preferente. Pero el día que algo te sale bien aparece el típico iluminado con una cerveza en la mano y la barriga apoyada sobre la barra para soltarte: “Joder, macho… qué suerte tienes”.

Y te entran ganas de preguntarle si también considera “suerte” las veces que estabas trabajando mientras los demás estaban en el sofá o en el bar discutiendo sobre gilipolleces.

Porque hay gente que solo aparece cuando ya suena la música épica y salen los créditos finales. Llegan al último capítulo de la película, ven que ahora te va bien y se creen que todo ha sido un paseo triunfal entre aplausos y billetes. Pero no estuvieron cuando nadie daba un duro por ti. No estuvieron cuando hacías trabajos gratis “para aprender”, que es una forma elegante de decir que currabas como un cabrón mientras otros te pagaban con experiencia y una palmadita en la espalda.

No te vieron llegar reventado a casa pensando si estabas haciendo el gilipollas con tu vida. No vieron las veces que mirabas la cuenta del banco como quien mira un electrocardiograma en urgencias. No estuvieron cuando te tocaba decir que “todo va bien” mientras por dentro estabas a dos facturas de empezar a cultivar patatas en una maceta del balcón.

Tampoco vieron las horas que metías cuando los demás estaban de cañas, ni las veces que tragaste orgullo, ni las noches dándole vueltas a proyectos que no sabía ni Dios si funcionarían. Porque esa parte nunca interesa. La gente quiere ver el resultado, no el barro. Quieren la foto final, no los años de comerte mierda en silencio intentando que algo salga adelante sin saber siquiera si va a servir para algo.

Y luego llegan, te ven respirar un poco mejor que antes y sueltan: “Qué suerte tienes”. Claro. Igualito que ganar un rasca y gana, sí.

El ser humano tiene alergia a reconocer el esfuerzo ajeno. Decir “te lo has currado” implica aceptar que igual ellos podrían haber hecho más con su vida. Y eso jode. Así que es mucho más cómodo llamar suerte a todo. Así no tienen que revisar ni una sola decisión propia.

El problema es que además la palabra “suerte” suele venir acompañada de un tonito de sospecha. Como si hubieras encontrado un maletín lleno de billetes en una cuneta y no te hubieras pasado media vida mejorando, aprendiendo y comiéndote marrones que nadie quería.

Y ojo, que la suerte existe. Claro que existe. Puedes conocer a la persona adecuada, entrar en el momento correcto o tener una oportunidad inesperada. Pero la suerte sola no hace una mierda si eres un vago. La suerte es como darle una guitarra a alguien: si no sabe tocar, solo hará ruido.

Lo que pasa es que a mucha gente le tranquiliza pensar que todo depende de la suerte porque así no tienen que asumir una realidad bastante incómoda: que hay personas que se levantan antes, aprenden más, arriesgan más y aguantan más frustración que ellos.

Y eso duele más que admitir que el universo reparte cartas al azar.

Porque al final, detrás de casi cualquier “qué suerte tienes”, normalmente hay una traducción bastante sencilla: “Me gustaría tener lo que tienes… pero no habría aguantado ni la mitad del camino para conseguirlo. Óle tu polla, Vicente.”

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