El menú infantil: cómo convertir a un niño en un adicto al nugget antes de los siete años

Hay algo profundamente absurdo en entrar en un restaurante lleno de comida cojonuda y escuchar automáticamente la frase: “Para el niño unos nuggets con patatas”. Da igual que el sitio tenga un guiso casero espectacular, una tortilla recién hecha o una pechuga de pollo de verdad. El crío acaba comiendo la misma basura ultracongelada que podría haberse metido en el cuerpo en una gasolinera de carretera a las tres de la mañana.

Y ojo, que luego llegan los padres preocupados porque “el niño no come nada”. Hombre, normal. Le habéis educado el paladar como si fuera un mapache comiendo mierda todo el santo día. Claro que luego rechaza unas lentejas, un pescado o un filete. Si desde los tres años su dieta consiste en nuggets con forma de bota, croquetas industriales y pizzas que parecen aislante térmico, el chaval no distingue una pechuga de pollo de un cartón mojado.

Lo más gracioso es que los niños pequeños, cuando no les metes mierda desde el principio, suelen comer bastante mejor de lo que la gente cree. Un trozo de tortilla, arroz, pollo a la plancha, jamón, pescado sencillo, sopa, albóndigas… comen perfectamente. Pero no. Hay padres que parecen tener miedo a que el niño descubra el sabor real de la comida. Todo tiene que venir rebozado, frito y acompañado de ketchup. Ya si encima viene con lápices de colores y un mantelito para pintar, ya tienes el pack completo: cena de mierda y guardería.

Y luego está el drama social del restaurante. Ese momento en el que llega el camarero y el niño, que podría estar compartiendo media ración con los padres tranquilamente, recibe automáticamente el “menú infantil”. Que normalmente es una colección de delitos gastronómicos. Nuggets. Perrito. Mini pizza radiactiva. Patatas fritas. Helado de colores imposibles. Comidas creadas por putos psicópatas.

Mientras tanto, tú ves al abuelo del pueblo mirando la escena pensando: “Con cuatro años yo mojaba pan en el cocido y aquí sigo, sin necesitar dinosaurios rebozados para sobrevivir”.

Coño… una tortilla francesa, una pechuga de pollo, un filete cortadito, arroz blanco, un poco de merluza o unas croquetas caseras de verdad son comida normal. Humana. Civilizada. No hace falta alimentar a los niños como si estuvieran encerrados en el cumpleaños permanente de un parque de bolas.

Porque al final pasa una cosa muy simple: si a un niño solo le das comida de mierda, acabará pensando que comer bien es un castigo y cuando se hagan adolescentes sobrevivirán a base de Monster, Doritos y ansiedad.

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