Hay una variante especialmente absurda de esta manía de “todos iguales” que merece capítulo aparte: cuando un solo niño decide que algo no le gusta… y automáticamente se prohíbe para todos. No porque sea peligroso, no porque tenga sentido educativo, sino porque “pobrecito, no quiere”. Y ahí entran en escena las madres (y padres) que convierten una tontería en norma universal.
Ejemplo clásico: los flashes, los caramelos, el regalo del cumpleaños o cualquier detalle sin importancia. Uno dice que no le gusta o que no puede tomarlo, y en lugar de gestionar eso de forma individual, que sería lo lógico, se impone el “pues entonces nadie”. Y ya está. Problema “resuelto”. Nivel de pensamiento: el de una piedra de río.
Porque claro, parece que ahora el objetivo no es educar, es evitar cualquier mínima incomodidad. Que ningún niño se sienta distinto, que nadie tenga que aprender a gestionar que el mundo no gira a su alrededor. Y así vamos criando pequeños emperadores que, cuando salgan fuera, se van a pegar una hostia de realidad bastante curiosa.
Lo que estas situaciones enseñan, aunque no quieran, es justo lo contrario de lo que creen. Enseñan que si uno protesta lo suficiente, se para todo. Que la norma no es convivir con las diferencias, sino eliminar cualquier cosa que no encaje con el más sensible del grupo. Y eso no es empatía, es rendición absurda.
Porque hay una cosa que parece que se ha olvidado: convivir también es aceptar que otros hacen cosas que tú no haces. Que a unos les gustan unas cosas y a otros otras. Que si tú no quieres un flash, no pasa absolutamente nada… pero el de al lado sí puede comérselo sin que el universo colapse.
Pero no. Mejor prohibirlo. Más rápido, más cómodo y así nadie se tiene que complicar la vida explicando nada. Educación versión low cost: recortar por abajo y listo.
El problema es que esto no se queda en los caramelos. Es una forma de pensar. Hoy es un dulce, mañana es una actividad, pasado es una norma entera adaptada al más limitado del grupo. Y al final, el nivel general baja hasta el subsuelo porque siempre se toma como referencia al que menos puede, al que menos quiere o al que más se queja.
Y luego vendrá la sorpresa cuando ese mismo niño crezca y descubra que en el mundo real no se cancelan las cosas porque a él no le apetezcan. Que en el trabajo no van a quitar el café porque él no toma, ni van a dejar de hacer planes porque le incomodan. Y ahí ya no habrá madre salvadora que lo arregle.
Educar no es allanar el camino para que nadie tropiece nunca. Es enseñar a caminar aunque haya piedras. Y a veces, incluso, a aceptar que otro se está comiendo un flash mientras tú no.
Que tampoco pasa nada, joder.