Los audios de ocho minutos: el secuestro con cobertura

close up photo of a phone applicationPhoto by Brett Jordan on <a href="https://www.pexels.com/photo/close-up-photo-of-a-phone-application-7568292/" rel="nofollow">Pexels.com</a>

Hay gente que te manda un mensaje y hay gente que te toma como rehén. La diferencia suele medirse en minutos y aparece justo debajo de una pequeña onda de sonido. Ocho minutos y cuarenta y siete segundos. Ahí lo tienes. Una persona que perfectamente podría haberte escrito «llego tarde» ha decidido producir, dirigir y protagonizar un documental sonoro sobre el atasco, el tiempo, la vecina y lo que cenó ayer.

Lo peor es que empiezan diciendo «te cuento rápido»»». Esa frase debería estar prohibida por la Convención de Ginebra. Nunca viene nada rápido detrás. Primero hay una introducción, después tres historias paralelas y, cuando crees que se acerca el desenlace, se oye una puerta, alguien pregunta algo al fondo y el narrador se va a hablar con otra persona sin detener la grabación. Tú sigues ahí, escuchando el puto ambiente de su cocina.

Nos hemos acostumbrado a convertir la comodidad del que habla en una obligación para el que escucha. Porque escribir exige ordenar las ideas, quitar lo que sobra y decidir qué quieres decir. Grabar un audio, en cambio, permite soltar el pensamiento como cae, con todos sus baches, rotondas y salidas equivocadas. Es una maravilla para el emisor y una pequeña condena para el receptor.

Y luego está el maravilloso botón de velocidad doble. Ese invento que ha transformado a nuestros amigos en ardillas nerviosas. Ya no escuchamos conversaciones: las despachamos. Vamos a uno coma cinco, a dos, a lo que haga falta para recuperar nuestra vida. A veces me pregunto si no sería más fácil hablar por teléfono. Pero claro, una llamada tiene un inconveniente terrible: la otra persona también puede intervenir.

No estoy en contra de los audios. Hay momentos en los que vienen bien, cuando vas andando, cuando necesitas explicar algo complicado o cuando la voz transmite algo que un texto no consigue. Lo que me desespera es la absoluta falta de consideración de quien convierte cualquier tontería en una conferencia sin preguntas. Si el asunto necesita ocho minutos, quizá merece una llamada. Y si no merece una llamada, seguramente tampoco merece ocho minutos.

Así que propongo una norma de convivencia bastante sencilla: antes de pulsar el micrófono, piensa si lo que vas a contar merece el tiempo que le vas a robar a alguien. Y, sobre todo, no digas «te cuento rápido» cuando sabes perfectamente que estás a punto de estrenar la tercera temporada de tu vida. Que nos queremos mucho, coño, pero también tenemos cosas que hacer.

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