Las vacaciones de nuestra generación no eran vacaciones. Eran una puta aventura de supervivencia con olor a Nivea azul, tortilla sudada y asiento trasero de coche pegándose a las piernas como una condena medieval. Ahora ves a la gente organizar un viaje con aplicaciones, listas en Notion y vídeos de TikTok enseñando “los imprescindibles para viajar a Menorca”, y te entra la risa floja. Nosotros íbamos a Gandía con un mapa de carreteras doblado como si fuera un pergamino del Señor de los Anillos y la única tecnología avanzada era bajar la ventanilla manualmente mientras tu padre gritaba: “¡No la bajéis tanto que entra aire!”.
Las vacaciones empezaban mucho antes de llegar. Empezaban cuando tu madre sacaba las maletas encima de la cama quince días antes y aparecía aquella bolsa de playa imposible que pesaba como un cadáver pequeño. Todo era marrón, naranja o verde feo. Los coches parecían hornos con ruedas. Sin climatizador. Sin tablets. Sin Spotify. Lo máximo era una cinta de Camela, Julio Iglesias o Los Chichos sonando durante siete horas seguidas mientras tu padre se perdía entrando en un polígono industrial de Motilla del Palancar.
Y el coche iba hasta arriba. El típico Seat Málaga, el Renault 21 o el Citroën BX cargado hasta las cejas. El maletero no cerraba bien y siempre había alguien viajando medio enterrado entre cojines, sombrillas y bolsas del Pryca. El cinturón trasero era opcional. A veces directamente no existía. Y allí íbamos todos, rebotando por la carretera nacional mientras tu madre repartía filetes empanados envueltos en papel de aluminio como si estuviera alimentando presos en fuga.
Las áreas de servicio eran otro universo. Nada de cafeterías modernas con poke bowls y café de especialidad. Había bares con palillos pegados al suelo, máquinas de marcianitos y baños que parecían una prueba psicológica. Y aun así, éramos felices. O por lo menos no teníamos tiempo para pensar si lo éramos porque estábamos demasiado ocupados intentando no quemarnos los pies en la arena a cuarenta grados.
Luego estaba el apartamento de playa. Ese sitio donde dormían nueve personas diseñado oficialmente para cuatro. El sofá cama sonaba como una excavadora oxidada y siempre había un ventilador girando lentamente mientras alguien decía: “No lo pongas muy fuerte que me duele la garganta”. Las persianas estaban medio rotas y había una mesa plegable en la terraza desde la que se veía un trozo mínimo del mar que la familia definía orgullosamente como “vistas increíbles”.
Las madres llevaban bocadillos a la playa. Bocadillos de verdad. No wraps fit ni ensaladitas de quinoa. Pan aplastado por el calor con tortilla, lomo o chorizo que sabían a gloria bendita después de cuatro horas haciendo el animal en el agua. Porque nosotros no teníamos monitor infantil ni actividades supervisadas. Nos lanzaban al mar por la mañana y volvíamos a aparecer cuando el cuerpo ya estaba entre rojo gamba y marrón radiactivo.
Y cuidado con perderte. Porque no había móviles. Si te separabas de tus padres, tu única opción era entrar en pánico o buscar una sombrilla conocida como si fueras un explorador perdido en Vietnam. Pero oye, aquí seguimos. Milagrosamente vivos. Una generación criada con chanclas de plástico ardiendo, pistolas de agua peligrosas y flotadores que parecían diseñados por alguien que odiaba a los niños.
Las madres en vacaciones curraban más que en casa. Mucho más. Lo que pasa es que en aquella época nadie lo llamaba “carga mental”, ni conciliación, ni mierdas modernas. Se llamaba simplemente “tu madre haciendo absolutamente todo mientras tu padre decía que estaba reventado de conducir”.
Porque mientras uno se tomaba la primera cerveza mirando al horizonte como un conquistador agotado, ellas ya habían deshecho media maleta, colocado la comida, revisado si faltaban toallas, perseguido niños llenos de arena y preparado la cena para ocho personas en una cocina del tamaño de una caja de zapatos.
Las vacaciones de nuestras madres no eran vacaciones. Eran trasladar la esclavitud doméstica a un apartamento en Gandía con humedad en las paredes y ventilador ruidoso. Seguían limpiando, cocinando, recogiendo, organizando y encima con toda la familia invadiendo el espacio veinticuatro horas al día. Porque en casa al menos cada uno desaparecía unas horas. Pero allí no. Allí estábamos todos pegados como una secta sudorosa desde el desayuno hasta la madrugada.
Y aun así, tenían paciencia para embadurnarte de crema solar mientras tú te escapabas como una anguila idiota diciendo que no te estabas quemando. Hacían filetes empanados para un regimiento entero, cargaban bolsas imposibles hasta la playa y todavía encontraban energía para decir aquello de “veníos ya que se enfría la tortilla”.
Ahora lo piensas con cuarenta y tantos y dices: “joder… menudo curro se pegaban”. Porque mientras nosotros recordamos las vacaciones con nostalgia y olor a mar, ellas probablemente las recuerdan con dolor de espalda, arena en el bolso y ganas de mandar a toda la familia un rato a tomar por culo.
Las noches olían a aftersun, fritanga y recreativos. Qué maravilla los recreativos, coño. Entrabas con 100 pesetas y salías sintiéndote el rey del mundo después de echar tres partidas al Metal Slug o al Pang. Mientras tanto, los padres se tomaban una sangría peleándose con una cuenta imposible de dividir entre ocho adultos.
Y luego estaba el ritual final: volver a casa. El atasco infernal de agosto. Tu padre insultando a todos los coches de la autopista mientras tu madre decía “pues haber salido antes”. Llegabas reventado, lleno de arena hasta en sitios anatómicamente absurdos y con una tristeza rara porque se acababa algo importante. Porque aquellas vacaciones eran cutres, incómodas y muchas veces un desastre logístico… pero eran nuestras.
Ahora tenemos WiFi en la playa, hoteles con infinity pool y niños viendo Netflix en el coche. Todo es más cómodo, más bonito y más moderno. Pero también un poco más frío. Más preparado. Más artificial. Antes las vacaciones eran imperfectas, caóticas y llenas de pequeñas miserias. Y precisamente por eso eran cojonudas. Porque nadie intentaba venderte una vida perfecta. Solo sobrevivir al calor, al viaje y a tu familia sin matar a nadie antes de septiembre.
