person eating on salad

Hay una frase que pronunciamos con una facilidad pasmosa y que, si existiera un mínimo de justicia social, debería estar perseguida por la ley: «Tenemos que quedar un día». Una expresión aparentemente inocente que se ha convertido en una de las mayores mentiras de la convivencia moderna. La soltamos con una sonrisa, acompañada de un abrazo o un apretón de manos, y nos marchamos tan tranquilos, sabiendo perfectamente que no tenemos la menor intención de quedar con esa persona.

Lo maravilloso del asunto es que las dos partes suelen ser conscientes de la mentira. Tú sabes que no vas a llamarle y él sabe que no va a llamarte. Pero ambos interpretáis una escena digna de los premios Goya. «Sí, sí, a ver si organizamos algo». «Claro, que hace muchísimo que no nos vemos». «Pues hablamos». Y ahí termina la representación. Cada uno se marcha a su casa con la satisfacción de haber cumplido con las normas básicas de la cortesía, sin necesidad de soportar una cena de tres horas contando las mismas batallitas de siempre.

El problema aparece cuando te cruzas con alguien que no conoce las reglas de este maravilloso teatro social. Un individuo que escucha «tenemos que quedar» y, contra toda lógica, entiende que realmente quieres quedar. Entonces saca el teléfono y te pregunta qué viernes te viene bien. Y tú, que simplemente pretendías despedirte sin parecer un gilipollas, te encuentras organizando una cena que no te apetece una mierda.

De pronto, tu agenda se convierte en una complejísima operación logística. El viernes tienes una cosa, el sábado quizá te vayas fuera y el domingo, bueno, el domingo es domingo y bastante tienes con sobrevivir a la perspectiva del lunes. Prometes mirar fechas y avisar. No avisas. Pasan tres semanas y recibes un mensaje: «Oye, que al final no me dijiste nada». En ese momento comprendes que has cometido un error gravísimo: has elegido mentirle a una persona con memoria.

Hay otra variante todavía más peligrosa, la del grupo de WhatsApp de antiguos compañeros. Alguien propone una cena y durante las primeras veinticuatro horas todo es entusiasmo. Aparecen diecisiete mensajes diciendo «¡Qué buena idea!», «¡Ya era hora!» y «¡Contad conmigo!». Parece que vais a organizar el reencuentro del siglo. Pero en cuanto alguien pregunta por una fecha concreta, comienza la desbandada. Uno tiene guardia, otro se va al pueblo, otro está pendiente de los niños y hay uno que lleva cinco años diciendo que trabaja todos los sábados del calendario gregoriano.

Al final quedan tres personas. Dos de ellas no se soportan y la tercera solo quería salir a cenar porque en su casa había lentejas.

Y es que hemos llegado a un punto en el que mantener una amistad parece exigir más organización que construir un aeropuerto. Necesitamos encontrar una fecha compatible, un restaurante que guste a todos, una ubicación intermedia y un horario que no interfiera con nuestras obligaciones familiares, laborales, deportivas o directamente con nuestras ganas de estar tirados en el sofá. Porque hay que reconocer una cosa: a determinada edad, quedarse en casa sin hacer absolutamente nada empieza a parecer uno de los mayores lujos que ofrece la existencia.

Eso no significa que no queramos a nuestros amigos. Significa que la vida se llena de compromisos y que el tiempo libre, ese que antes parecía infinito, se ha convertido en un bien escaso. Hay personas a las que quieres muchísimo, pero con las que no necesitas cenar cada quince días para demostrarlo. Puedes pasar meses sin verlas y, cuando finalmente os encontráis, continuar la conversación donde la dejasteis. Esas amistades son maravillosas porque no necesitan pasar controles periódicos de mantenimiento.

Luego están quienes miden el cariño por el número de veces que quedáis. Si no apareces en tres reuniones consecutivas, empiezan las sospechas. «Es que ya no quieres saber nada de nosotros». Hombre, tampoco nos pongamos dramáticos. Que no haya ido a tomar unas cañas no significa que haya decidido borrarte de mi vida. A lo mejor simplemente he tenido una semana de mierda y prefiero cenar en pijama viendo una película que escuchar durante dos horas cómo tu cuñado ha cambiado de coche.

Quizá deberíamos empezar a ser un poco más sinceros. En lugar de prometer quedadas que no van a celebrarse jamás, podríamos despedirnos con un sencillo «Me ha alegrado verte». Es elegante, es verdad y no genera obligaciones futuras. Si realmente queremos quedar, proponemos un día. Y si no queremos, tampoco pasa nada. La amistad no debería funcionar como una suscripción mensual que caduca si no consumes suficientes reuniones.

Aunque reconozco que hay algo profundamente humano en seguir utilizando esa frase. Nos permite imaginar una versión de nosotros mismos con más tiempo, más energía y una vida social espectacular. Una versión que organiza barbacoas, improvisa escapadas y encuentra huecos para todo el mundo. Después llega el martes, suena el despertador a las seis y media y esa versión desaparece para dejar paso a un señor que solo quiere llegar a casa y quitarse los zapatos.

Así que la próxima vez que nos crucemos por la calle y te diga que tenemos que quedar, no te lo tomes como una promesa. Tómatelo como lo que probablemente sea: una manera cariñosa de decirte que me alegro de verte y que espero que te vaya de puta madre.

Y si de verdad quieres quedar, mándame una fecha.

Eso sí, que no sea este fin de semana, que lo tengo complicado.

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