Hay personas que no saben gestionar el más mínimo trozo de poder. Nada. Les das una llave del cuarto de contadores y en dos semanas se comportan como si estuvieran gobernando un país en guerra. Y el mejor ejemplo de eso es el gilipollas voluntario que se presenta presidente de la comunidad.
Porque una cosa es que te toque por desgracia. Eso lo entiende cualquiera. Nadie quiere ese marrón. Pero el que levanta la mano voluntariamente… cuidado. Ahí suele haber hambre de autoridad reprimida desde 1997.
La reunión empieza normal. Vecinos agotados, sillas incómodas, un administrador hablando de humedades con la misma emoción que un funeral vikingo y, de repente, aparece él: “Bueno… si nadie quiere, me ofrezco yo.”
Y ya está el lío. Se acabó. Acaba de nacer un problema.
A las 24 horas ya escribe en el grupo como si fuera Winston Churchill gestionando el desembarco de Normandía: “Buenos días vecinos, he detectado varias incidencias.” Incidencias. Había un carro de niño en el hueco de la escalera y ha encontrado una planta torcida.
Baja el nivel, «tontolaba» que acabamos de empezar.
Porque ese señor que hace dos semanas iba en chándal a tirar la basura pasa automáticamente a comportarse como el director general de un país en guerra. Se compra una carpeta. Habla de “protocolos”. Dice “la finca” en vez de “el edificio”. Empieza a mandar audios de cuatro minutos sobre una maceta mal colocada en el tercero B como si estuviera gestionando una crisis internacional.
El problema de estos personajes es que descubren demasiado tarde algo peligrosísimo: mandar un poquito engancha muchísimo. Muchísimo. De repente el tío que antes no saludaba a nadie empieza a caminar por el portal con las manos en la espalda como un inspector soviético. Mira las bolsas de basura. Fiscaliza bicicletas. Analiza la posición de los cubos. Se cree Batman, pero en versión calva y oliendo a varón dandy.
Y luego está el síndrome del presupuesto. Eso les vuelve completamente locos. Pedir presupuestos es el equivalente vecinal a traficar con armas. Se emocionan. Comparan empresas. Reenvían PDFs. Hablan de números como si estuvieran cerrando la compra de un puto aeropuerto internacional.
“He conseguido ahorrar 38 euros en la limpieza del garaje.”
Enhorabuena, fenómeno. Gracias a tu brillante gestión económica este invierno no tendremos que comernos al perro.
Pero lo más insoportable ni siquiera es eso. Lo peor es el puto aire de superioridad moral que desarrollan en cuanto les dan un cargo que no sirve ni para aparcar gratis. Automáticamente se convierten en “los únicos que se preocupan por la comunidad”. Ellos son los héroes sacrificados del bloque. Los demás, poco menos que orangutanes. El administrador es un inútil, las empresas que trabajan allí son todas unas caraduras y cualquier vecino que no les aplauda parece sospechoso de sabotaje. De repente hablan como si estuvieran sosteniendo el edificio con sus propias manos mientras el resto vivimos entregados al caos y al crimen.
Y no hablemos ya de cuando descubren el grupo de WhatsApp. Ahí se transforman definitivamente. Audios eternos. Fotos de mierda fuera del cubo. Mensajes enviados a las 07:13 de la mañana sobre una puerta mal cerrada.
“Tened cuidado porque podría entrar cualquiera.” Sí, Agustín. Podría entrar cualquiera. Igual que ha pasado literalmente toda la vida desde que se inventaron las putas puertas.
El auténtico drama llega cuando dejan el cargo. Porque muchos no superan la caída del imperio. Se convierten en expresidentes nostálgicos. Gente peligrosa. Tipos que siguen apareciendo en reuniones para decir: “Cuando estaba yo esto funcionaba mejor.”
Claro que sí, guapo. Qué época dorada aquella en la que cambiasteis el telefonillo y podasteis un ficus.
Las comunidades de vecinos son fascinantes porque convierten a personas completamente normales en tontos con ínsulas. Gente que en su trabajo no manda ni sobre la cafetera, pero que en cuanto tienen acceso a las llaves del cuarto de limpieza desarrollan delirios de grandeza.
Y lo peor es que siempre hay otro esperando relevo. Otro iluminado dispuesto a sacrificar su cordura por controlar el puto Excel de las derramas.
España no está dividida entre izquierdas y derechas. Está dividida entre personas normales que solo quieren llegar a casa en paz… y putos desequilibrados que en cuanto les dan las llaves del cuarto de contadores se creen emperadores del Imperio Romano.
Nota:
Dedicado a Vicente y a todos los administradores de fincas de España, auténticos veteranos de guerra que llevan años sobreviviendo a presidentes de comunidad con delirios de grandeza, audios eternos, vecinos histéricos y reuniones donde discutir una bombilla puede acabar pareciendo una cumbre de la OTAN. Porque gestionar edificios ya es duro… pero gestionar egos de portal directamente debería cotizar como trabajo de riesgo.
