Hay documentales que ves mientras miras el móvil. Y luego está el documental de Hulk Hogan en Netflix, que te obliga a sentarte como un niño de los noventa viendo Telecinco un sábado por la mañana mientras un señor gigante vestido de amarillo reventaba a otro contra una lona. Y qué maravilla, coño.

Porque más allá del personaje, del bigote imposible y de aquella bandana que parecía pegada al cráneo con Loctite industrial, lo que enseña el documental es una verdad bastante incómoda: Hulk Hogan no era un luchador. Era una máquina de fabricar mitología americana. Un vendedor de humo musculado capaz de convencer al planeta entero de que romperse la camiseta era un acto patriótico.

Y lo mejor es que funcionó.

El documental tiene esa mezcla perfecta entre nostalgia, ego descomunal y decadencia humana que hace grandes a este tipo de historias. Ves a Hogan hablando de sacrificio, de fama, de dolor físico, y entiendes que aquella época del wrestling era básicamente el salvaje oeste con esteroides, cocaína, focos y tipos de 140 kilos cayéndose encima de mesas plegables por dinero y aplausos. Una auténtica barbaridad maravillosa.

Lo fascinante es que el tío no intenta quedar como un santo. Y menos mal. Porque Hulk Hogan era exactamente lo contrario: un producto gigantesco, contradictorio, exagerado y muchas veces ridículo. Pero precisamente por eso era perfecto. El wrestling nunca ha ido de realismo. Va de hacerte creer que un señor naranja con brazos del tamaño de jamones puede salvar América mientras suena una guitarra eléctrica de fondo.

Y nosotros comprábamos esa fantasía encantados.

El documental también deja claro algo que mucha gente moderna no entiende: antes las estrellas parecían dioses porque no estaban todo el puto día subiendo stories enseñando el café de avena o llorando por comentarios en redes. Hogan aparecía, gritaba “brother”, destrozaba a alguien y desaparecía como un superhéroe hipertrofiado salido de una pesadilla patriótica de los años 80.

Tenía aura. Hoy casi nadie la tiene.

Y sí, salen las miserias. Las lesiones. Los escándalos. El ego desatado. Las cagadas públicas. Todo eso que convierte al personaje en humano. Pero el documental no destruye el mito. Lo hace más grande. Porque entiendes que Hulk Hogan fue una locura colectiva global. Un dibujo animado viviente que acabó pagando el precio de convertirse en icono.

Y qué cojones… merece la pena verlo solo por recordar una época donde el entretenimiento no pedía perdón por ser exagerado, absurdo y testosterónico.

Ahora todo tiene que ser profundo, elegante o “deconstruido”. Antes un señor levantaba a otro de 150 kilos mientras el público gritaba como si hubiese empezado la Tercera Guerra Mundial y con eso nos bastaba.

Y quizá éramos más felices.

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