Hay pelis que envejecen mal… y luego está Cazafantasmas, que directamente parece una reunión de antiguos alumnos intentando revivir una borrachera épica de los 80 mientras Disney les vigila desde detrás con una libreta llena de merchandising. Y aun así… tiene algo. Porque la película es un puto caos nostálgico, sí, pero también entiende perfectamente lo que la gente quiere cuando paga una entrada para ver protones, fantasmas y peña diciendo chorradas mientras Nueva York vuelve a congelarse por quinta vez.

La historia va tan pasada de fanservice que por momentos parece escrita por un coleccionista de Funko Pop con insomnio. Sale TODO. El coche, los trajes, los cacharros, la música, las miraditas cómplices y hasta ese olor invisible a videoclub viejo que te hace sentir que estás otra vez en 1992 comiéndote unos gusanitos viendo la tele del salón. Y lo peor es que funciona. Porque aunque la película tenga agujeros de guion más grandes que la nevera de un bar de carretera, consigue que sonrías como un idiota.

El reparto veterano aparece lo justo para no parecer una residencia de lujo con mochilas nucleares, y los nuevos personajes cumplen bastante mejor de lo que muchos esperaban. Especialmente cuando dejan de intentar ponerse “profundos” y entienden que esto va de atrapar fantasmas y no de hacer terapia emocional con CGI azul.

Visualmente entra sola. Nueva York congelada tiene escenas bastante potentes y hay momentos donde el espectáculo recuerda que esta saga siempre fue mejor cuando mezclaba humor absurdo con desastre sobrenatural. Además, el villano tiene presencia. No será el enemigo más memorable de la historia del cine, pero al menos no parece salido de un anuncio de móvil como pasa en media Hollywood actual.

¿Problemas? Unos cuantos. El ritmo a veces se desploma más fuerte que la batería de un patinete barato. Hay personajes que aparecen porque sí, tramas que se abren y desaparecen como si alguien hubiese tirado páginas del guion por la ventana y diálogos que parecen escritos por un algoritmo alimentado a base de referencias ochenteras. Pero incluso con eso, la película tiene una cosa que muchas superproducciones modernas han perdido: alma de entretenimiento. No intenta darte una lección moral cada siete minutos ni convertir una comedia de fantasmas en un debate universitario sobre traumas generacionales. Va a lo suyo. Y eso hoy casi parece revolucionario.

Cazafantasmas: Imperio Helado no es una obra maestra. Ni falta que le hace. Es una película consciente de lo que es: un parque de atracciones sobrenatural lleno de nostalgia, protones y hielo. Y a veces, sinceramente, eso vale más que tres horas de cine “profundo” donde un tío mira al horizonte mientras suena un violín triste.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *