Antes ibas a un restaurante, comías y te marchabas. Si la comida estaba buena, volvías. Si era una mierda, no regresabas y, como mucho, se lo contabas a tu cuñado para evitar que acabara pagando veinte euros por una hamburguesa con la consistencia de una zapatilla mojada.
Era un sistema bastante sencillo. No necesitábamos estrellas, fotografías de los platos, valoraciones del ambiente ni un informe sobre la simpatía del camarero. Comíamos, pagábamos y seguíamos con nuestra vida. Una auténtica barbaridad para los estándares actuales.
Ahora parece que salir a cenar implica asumir una responsabilidad histórica. Hay que valorar la experiencia, documentarla y compartirla con la humanidad. Porque el mundo necesita saber que las patatas estaban un poco frías y que el camarero tardó cuatro minutos en traer una segunda cerveza. No vaya a ser que las generaciones futuras desconozcan semejante tragedia.
Hemos conseguido que cualquier persona con conexión a internet pueda convertirse en crítico gastronómico, inspector de calidad, experto en atención al cliente y juez del Tribunal Supremo de la Hostelería.
Y todo en la misma reseña.
Hay auténticos artistas del asunto. Gente que escribe veinte líneas para explicar que pidió una tortilla sin cebolla y se la trajeron con cebolla. Una desgracia, evidentemente, pero tampoco hace falta redactar una sentencia condenatoria ni pedir la dimisión del cocinero.
Luego están los que ponen una estrella porque el establecimiento estaba cerrado cuando llegaron. A pesar de que el horario aparecía perfectamente indicado. Es decir, te equivocas tú, pero el culpable es el negocio. Maravilloso.
También tenemos al cliente que amenaza con una mala reseña antes incluso de pagar. Ese que ha descubierto que las estrellas de Google pueden funcionar como una especie de chantaje digital de andar por casa. O me das algo gratis o te hundo la reputación.
Y lo peor es que algunos negocios, por miedo, terminan entrando al juego.
No estoy diciendo que las reseñas no sirvan. Sirven, y mucho. Especialmente cuando alguien cuenta una experiencia real, explica qué ha ocurrido y aporta información útil. Si un restaurante sirve comida en mal estado, si un taller cobra reparaciones que no hace o si una empresa trata sistemáticamente mal a sus clientes, conviene que se sepa.
El problema aparece cuando confundimos opinar con tener razón.
Porque haber pagado una cuenta no te convierte automáticamente en experto en el negocio que acabas de visitar. Del mismo modo que comprarte unas zapatillas no te convierte en diseñador de calzado ni tener un móvil te transforma en ingeniero de telecomunicaciones.
Y después está el otro extremo: las reseñas sospechosamente maravillosas.
Esos negocios donde todo el mundo parece haber vivido una experiencia espiritual. El café no está bueno, es transformador. El dependiente no es amable, es un ser de luz. La tienda no tiene buenos precios, ha cambiado para siempre la existencia del comprador.
Todo muy natural.
Entre los que quieren destruir un negocio porque no les regalaron una tapa y los que describen una peluquería como si hubieran descubierto el paraíso, encontrar una opinión medianamente razonable empieza a parecer una excavación arqueológica.
Mientras tanto, detrás de muchos pequeños negocios hay personas que trabajan doce horas, pagan impuestos, soportan gastos disparatados y tienen que preocuparse de que alguien con un mal día no decida convertir una tontería en un escándalo público.
Porque una cosa es denunciar un mal servicio y otra muy distinta disfrutar haciendo daño.
También sería conveniente que los propietarios entendieran que no todas las críticas son ataques personales. Si cinco clientes diferentes señalan el mismo problema, quizá no exista una conspiración internacional contra tu establecimiento. A lo mejor tienes que mejorar algo.
La solución no consiste en eliminar las reseñas ni en prohibir que la gente opine. Consiste en recuperar algo que parece estar en peligro de extinción: el sentido común.
Si has tenido una mala experiencia, explícala. Si te han tratado bien, reconócelo. Si algo no te ha gustado, distingue entre un error puntual y un desastre real.
Y, sobre todo, antes de escribir una reseña furibunda, piensa si dirías exactamente lo mismo mirando a la cara a la persona que tienes delante.
Porque internet nos ha dado una voz a todos, pero no nos ha regalado automáticamente ni criterio, ni educación, ni dos dedos de frente.
Y a veces se nota demasiado.
