Criticar un trabajo solo porque está hecho con IA es de necios

Hay una frase que empieza a escucharse demasiado: «Eso está hecho con inteligencia artificial», pronunciada con la misma expresión que pondría alguien al descubrir que el cocinero ha calentado la comida con un mechero. No se utiliza como una descripción, sino como una acusación. Como si decir que una imagen, un vídeo, una canción o un texto se ha creado con ayuda de una herramienta tecnológica anulase automáticamente todo el trabajo que existe detrás.

La inteligencia artificial puede producir auténtica basura. Por supuesto. También puede hacerlo una cámara de tres mil euros, un ordenador carísimo, Photoshop, una impresora profesional o un señor con veinte años de experiencia que ese día no tenía ninguna gana de trabajar. La herramienta no garantiza el resultado. Lo que marca la diferencia sigue siendo la persona que toma las decisiones.

Cualquiera puede escribir cuatro palabras, pulsar un botón y recibir una imagen con siete dedos, un ojo mirando a Cuenca y unas letras que parecen redactadas por un demonio con dislexia. Eso no convierte a nadie en artista, diseñador ni creador. Pero tampoco representa todo lo que puede hacerse con inteligencia artificial cuando detrás existe una idea clara, conocimiento técnico, criterio visual y bastantes horas de pruebas.

Conseguir un resultado realmente bueno implica saber qué quieres crear, buscar referencias, describir correctamente la escena, corregir errores, repetir generaciones, editar, retocar, descartar versiones y volver a empezar cuando la máquina decide que un brazo humano debería salir directamente de la oreja. A veces tardas más en conseguir que la inteligencia artificial haga exactamente lo que necesitas que en hacerlo tú de otra manera. La diferencia es que puede permitirte llegar a resultados que, por presupuesto, medios o conocimientos técnicos, antes estaban completamente fuera de tu alcance.

Y también cuesta dinero. Las herramientas profesionales tienen suscripciones, créditos, límites de generación y funciones avanzadas que no se pagan con aplausos. Después necesitas programas de edición, almacenamiento, equipos capaces de mover los archivos y, sobre todo, tiempo. Mucho tiempo. Ese recurso que algunas personas parecen considerar gratuito siempre que pertenece a otro.

Lo curioso es que llevamos décadas utilizando tecnologías que automatizan partes del trabajo sin montar semejante drama. Nadie exige a un fotógrafo que revele los carretes en una habitación oscura para considerar válida su fotografía. Nadie desprecia un logotipo porque se diseñó con Illustrator en lugar de recortar cartulinas con unas tijeras. Nadie entra en una imprenta preguntando si cada letra ha sido colocada manualmente por un monje.

Pero aparece la inteligencia artificial y, de repente, hay personas defendiendo una supuesta pureza creativa que jamás les preocupó. Muchos de los que critican una imagen por estar generada con IA aplican filtros automáticos a todas sus fotografías, permiten que el móvil corrija la exposición, mejore el cielo, suavice la piel y enfoque las caras sin saber siquiera que lo está haciendo. La tecnología solo parece molestar cuando la utiliza otro y el resultado queda demasiado bien.

Eso no significa que todo valga. Utilizar el trabajo ajeno sin permiso, engañar deliberadamente sobre la autoría, copiar estilos de manera descarada o presentar una generación automática sin revisar como si fuera una obra perfecta son cuestiones que pueden criticarse. Y deben criticarse. Pero una cosa es cuestionar cómo se ha utilizado una herramienta y otra bastante distinta despreciar cualquier resultado por el simple hecho de que esa herramienta haya participado.

El esfuerzo tampoco se mide únicamente por el número de horas que una persona tarda en fabricar algo con sus propias manos. Si alguien encuentra una forma de resolver un trabajo mejor o más rápido utilizando tecnología, eso no elimina su mérito. Significa que ha aprendido a utilizar una herramienta nueva. Cuando apareció la calculadora, seguramente también hubo algún iluminado diciendo que las cuentas hechas así valían menos. Por suerte, no seguimos haciendo presupuestos con un ábaco para demostrar compromiso profesional.

Además, la inteligencia artificial no tiene gusto, intención ni criterio propio. Puede ofrecer posibilidades, pero alguien debe elegir cuál funciona. Puede generar cien imágenes, pero alguien tiene que reconocer que noventa y nueve son una mierda. Puede escribir un texto, pero alguien debe corregirlo, darle personalidad y evitar que suene como el folleto corporativo de una empresa que vende seguros para fotocopiadoras.

Ahí sigue estando la parte humana. En la idea, la selección, la dirección, la edición y la decisión final. La herramienta puede ejecutar, pero no sabe por qué algo emociona, hace gracia o encaja exactamente con lo que se quería contar. Si el creador no aporta criterio, el resultado normalmente se nota.

Así que sí: hacer cosas chulas con inteligencia artificial requiere invertir tiempo y dinero. También requiere aprender, equivocarse y repetir. Puedes no sentirte atraído por el resultado, cuestionar determinadas prácticas o preferir métodos tradicionales. Todo eso es perfectamente legítimo.

Lo que resulta bastante necio es despreciar un trabajo sin analizarlo únicamente porque alguien utilizó IA para crearlo. Porque si la única crítica que puedes formular es «lo ha hecho una máquina», quizá el problema no esté en la obra.

Quizá esté en que tú todavía no has entendido la herramienta.

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