El día que entiendes que la vida no se detiene

Hay un momento en la vida en el que te das cuenta de que todo sigue aunque tú estés hecho polvo. Y normalmente pasa cuando pierdes a alguien de verdad importante.

Porque tú estás destrozado por dentro, con la sensación de que el mundo tendría que parar aunque fueran cinco minutos… pero no. El panadero abre igual, el vecino sigue con el puto taladro a primera hora y en el grupo del trabajo alguien pregunta quién ha vuelto a dejar la impresora sin papel.

Y ahí te pega el golpe de realidad. La vida no frena por nadie.

Perder a un familiar es una de esas cosas para las que nadie está preparado. Da igual la edad que tengas o lo fuerte que vayas de cara. Cuando alguien cercano se va, algo dentro de ti se mueve de sitio y ya no vuelve a quedar exactamente igual.

Y lo raro no es solo el dolor. Lo raro es cómo cambia todo alrededor.

De repente escuchas una canción y tienes que tragarte el nudo en la garganta. O hueles algo en cualquier sitio y te quedas parado como un idiota unos segundos. A veces incluso ves a alguien de espaldas con una chaqueta parecida y tu cabeza hace ese microsegundo absurdo de pensar “hostia, mira”. Pero no.

Y aun así, seguimos haciendo cosas normales. Ahí está lo más extraño de todo.

Seguimos yendo a trabajar, comprando papel higiénico, respondiendo mensajes y haciendo como que todo está más o menos bien, mientras por dentro llevamos un desastre importante encima. Y claro, la gente te dice eso de “tienes que ser fuerte”, como si uno pudiera encender y apagar el dolor con un botón.

Luego llega el funeral. Y los funerales son rarísimos. Gente que no ves desde hace años abrazándote fuerte, silencios incómodos, café malo, conversaciones a media voz y caras de no saber muy bien qué decir. Y tú ahí, intentando entender cómo puede desaparecer alguien que llevaba formando parte de tu vida desde siempre.

A mí la palabra “aceptar” nunca me ha gustado demasiado. En verdad, no me gusta una mierda.

No creo que aceptemos ciertas pérdidas. Creo que aprendemos a convivir con ellas. A rodear ese hueco sin caer dentro cada día. Porque hay personas que, cuando se van, dejan un espacio que no se rellena del todo jamás.

Y con el tiempo aparece otro miedo. Uno mucho más silencioso: olvidar detalles.

La voz exacta.
La risa.
Cómo decía tu nombre.
Las tonterías que repetía siempre.

Por eso acabas escuchando notas de voz antiguas una y otra vez, si tienes la suerte de conservar alguna. O mirando fotos durante más rato del normal, entre sonrisas y esa tristeza rara que aprieta de cojones pero también acompaña.

Aunque también pasa algo bonito. Y es que la gente que queremos nunca desaparece del todo.

Se quedan en pequeñas cosas. En una receta. En una forma de hablar. En un gesto. En una canción durante un viaje. En cómo colocas los vasos sin darte cuenta. En consejos que antes ignorabas y ahora repites casi igual.

Y un día te sorprendes riéndote de algo que habría dicho esa persona. Y duele un poco, claro. Pero ya no duele igual.

Supongo que el duelo no va de olvidar a alguien. Va más bien de aprender a quererle de otra manera, aunque ya no puedas verle ni abrazarle.

Y dentro de toda esa gran mierda… también hay algo bonito.

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