La tauromaquia es una de las pocas cosas que todavía huelen a verdad en un mundo lleno de plástico emocional, postureo moral y gente ofendiéndose por todo cada cinco minutos. No está diseñada para caer bien ni para adaptarse a sensibilidades. No busca ser cómoda, limpia ni apta para todo el mundo. El toreo es tensión, riesgo, belleza, miedo y violencia. Como la vida misma, pero con un traje de luces, un par de huevos bien puestos y bastante menos hipocresía.
Ahora resulta que ver un toro en una plaza es el mayor horror imaginable. Una barbaridad insoportable. Una salvajada medieval. Lo dicen personas que luego se ponen una serie donde revientan a siete tíos por capítulo mientras cenan sushi pedido por Glovo y acarician un galgo italiano que pisa menos césped que un preso en aislamiento.
El torero entra a la plaza sabiendo perfectamente que puede salir por la puerta grande… o salir hecho un Cristo. Y eso, aunque muchos no quieran admitirlo, genera una mezcla de respeto, tensión y fascinación que muy pocas cosas consiguen provocar hoy en día. Porque el torero se juega el pellejo de verdad. Hay un tío delante de un animal de quinientos kilos intentando convertir el caos en arte. A veces sale bien. A veces sale fatal. Pero falso no es.
Y todo eso ocurre en mitad de un ambiente imposible de explicar a quien nunca ha pisado una plaza: el ruido, el silencio tenso, el olor, la música, la sensación constante de que algo puede torcerse en cualquier segundo. Hay algo casi místico en una plaza de toros cuando el miedo y el respeto se mezclan delante de miles de personas.
Defender la tauromaquia no significa ser un psicópata sediento de sangre. Significa entender que existen tradiciones que forman parte de la historia cultural de un país. España no se entiende sin el flamenco, sin los bares llenos de gritos, sin la Semana Santa… y tampoco sin los toros. Te podrán gustar o no, pero negar su peso cultural es como decir que el jamón ibérico es una leyenda urbana.
La tauromaquia nunca fue una actividad diseñada para agradar a todo el mundo. Tampoco lo eran el boxeo, el rugby ni aquellas peleas absurdas a la salida del bar del pueblo después de cinco cubatas, dos canciones de Estopa y un “¿qué miras?”. España siempre ha tenido un punto salvaje, exagerado y gloriosamente caótico. Y menos mal. Porque al ritmo que vamos, el país que un día conquistó medio mundo acabará convertido en un gigantesco centro comercial lleno de gente pidiendo cafés con leche de avena, música ambiental de ascensor y una personalidad más vacía que un yogur desnatado 0%.
La tauromaquia no necesita que todo el mundo la ame. Solo necesita que la dejen existir sin convertir cada conversación en una puta competición de superioridad moral. Si no te gusta, perfecto. Nadie te obliga a ir. Igual que nadie obliga al resto a escuchar las gilipolleces de gurús emocionales que hablan del sufrimiento del toro como si acabaran de descubrir el fuego.
Porque sí: el toro sufre. Claro que sufre. Igual que existe sufrimiento en muchísimas cosas que esta sociedad consume, tolera y aplaude todos los días mientras mira convenientemente hacia otro lado. La diferencia es que la tauromaquia no esconde la realidad detrás de una pared industrial ni la maquilla con anuncios felices y envoltorios bonitos. La lidia pone delante de todos la fuerza, el miedo, la muerte y el respeto por un animal criado precisamente para ese instante.
Y quizá por eso incomoda tanto en una época obsesionada con fingir que todo puede ser limpio, suave y emocionalmente esterilizado. Pero mientras exista gente capaz de entender que la tauromaquia forma parte de la historia, la cultura y el carácter salvaje de este país, seguirán existiendo plazas llenas, toros bravos y personas dispuestas a defender una tradición que jamás pidió permiso para existir.
