Hubo una época maravillosa en España en la que una comunión era un niño vestido de camarero triste, una foto con cara de susto, un reloj de regalo y un restaurante con croquetas congeladas. Fin. Se sobrevivía, se volvía a casa y nadie necesitaba contratar a un DJ llamado “Xema Animation Experience” para celebrarlo.
Pero algo se nos ha ido completamente de las manos.
Ahora las comuniones parecen una mezcla entre una boda de millonarios en Marbella y un festival patrocinado por una empresa de eventos que claramente consume cocaína en horario laboral. El niño hace la entrada triunfal con humo, luces LED y música épica como si fuese a defender el título mundial de boxeo. Y tú ahí sentado pensando: “Pero si este chaval todavía se limpia los mocos con la manga…”
Los restaurantes se transforman en parques temáticos del delirio. Hay candy bar, photocall, castillo hinchable, cortador de jamón, mesa de sushi, animadores, tatuajes temporales, cócteles sin alcohol servidos en cocos fluorescentes y una señora maquillando niños como si aquello fuese el backstage del Circo del Sol. Lo único que falta es que aparezca Maluma cantando “Felices los cuatro” mientras el cura bendice una fuente de chocolate.
Y luego están los regalos. Ah, los regalos. Antes te daban un sobre con 50 euros y te sentías Pablo Escobar durante dos semanas. Ahora hay chavales que salen de la comunión con un iPhone, una PlayStation, una bici eléctrica y probablemente una hipoteca a nombre de los padres. Hay niños que hacen la comunión y salen con más patrimonio que un autónomo de 47 años.
Pero lo verdaderamente fascinante no son los niños. Son los padres entrando en una competición absurda por ver quién organiza el evento más exagerado. Porque esto ya no es “la comunión de mi hijo”. Esto es una puta guerra fría de apariencias. Todo el mundo fingiendo tranquilidad mientras por dentro piensan: “Como la comunión de los Gómez tenga un mago y nosotros no, estamos muertos socialmente.”
Y ahí ves familias arruinándose elegantemente para que Kevin, que sigue comiéndose las uñas y diciendo “caca culo pedo pis”, tenga una celebración valorada como una boda en Toledo.
Lo mejor llega cuando acaba todo. Los niños destrozados, llenos de azúcar y corriendo como mapaches poseídos. Los padres con una resaca emocional y económica tremenda. Y el protagonista del día tirado en el sofá jugando al Fortnite mientras su madre sigue subiendo stories con la frase: “Un día inolvidable 💖✨”.
Inolvidable sí. Sobre todo para la tarjeta de crédito.
