Hay películas que intentan ser inteligentes. Y luego está Gladiator II, que directamente te coge de la pechera, te tira a la arena del Coliseo y te dice: “siéntate y disfruta, cabrón”. Y funciona. Vaya si funciona.

Porque sí, ya sé lo que toca decir en internet: que si no supera a la original, que si Ridley Scott esto, que si el guion aquello, que si patatín y patatán. Me da exactamente igual. He ido al cine a ver romanos repartiendo hostias, conspiraciones imperiales, batallas gigantescas y discursos épicos mirando al horizonte… y salí encantado como un niño pequeño con una espada de plástico.

La película entiende algo que muchísimas producciones modernas han olvidado: el cine también está para fliparlo. Para sentarte dos horas y olvidarte del mundo mientras ves un imperio podrido lleno de locos con coronas, generales ambiciosos y gente muriendo de forma espectacular delante de miles de personas gritando. Roma, básicamente.

Visualmente es una barbaridad. Todo parece enorme, sucio, pesado y violento. El Coliseo vuelve a sentirse como una trituradora humana donde la vida vale menos que una copa de vino aguado. Y cuando la película pisa el acelerador, aquello se convierte en un parque de atracciones para amantes del cine épico.

Y sí, claro que hay exageraciones. Menos mal. Esto no es un documental de La 2 sobre administración romana. Esto va de honor, sangre, traiciones y frases dichas con tanta intensidad que parece que cada personaje está a punto de conquistar medio planeta o apuñalar a su primo en una cena familiar.

Lo mejor es que la película no tiene miedo a ser grandiosa. Hoy muchas películas parecen avergonzarse de sí mismas, como si necesitaran meter chistes cada treinta segundos para pedir perdón por intentar ser épicas. Gladiator II no. Aquí la peña habla mirando al infinito, la música revienta, los emperadores parecen salidos de una pesadilla con toga y todo está al borde del caos constantemente.

Y qué maravilla.

Además, tiene ese punto de decadencia imperial que siempre engancha. Porque Roma en estas películas nunca parece una civilización estable. Parece un after gigantesco lleno de políticos corruptos, psicópatas con poder absoluto y soldados traumados intentando sobrevivir un día más. Un espectáculo precioso y completamente enfermo.

¿Es perfecta? Pues no. ¿Y qué? Tampoco lo era el Imperio romano y aquí seguimos hablando de él dos mil años después.

Lo importante es que sales del cine con ganas de volver a ver espadas chocando, discursos absurdamente épicos y romanos haciendo barbaridades monumentales. Y eso, hoy en día, ya vale muchísimo más que la mitad del cine moderno lleno de personajes que parecen escritos por un comité de recursos humanos.

Más películas así. Más arena. Más locura imperial. Más espectáculo sin complejos.

Ave Ridley Scott. Ridley Scott

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