Hay dos cosas capaces de destruir la convivencia entre familias de un colegio: los grupos de WhatsApp de padres y los cumpleaños infantiles. Por separado ya tienen bastante peligro, pero cuando se juntan estamos hablando de una situación que debería supervisar Naciones Unidas.
Todo empieza con una propuesta aparentemente maravillosa. «Oye, ¿y si celebramos los cumpleaños juntos y así ahorramos un poquito?». Una idea razonable, práctica y hasta inteligente. Compartimos gastos, organizamos una sola fiesta, los niños se lo pasan bien y los padres nos ahorramos unos cuantos euros. ¿Dónde hay que firmar? Pues espera, que todavía no han empezado a opinar los padres.
Porque si hay algo que hemos conseguido como sociedad es transformar una celebración infantil en una asamblea extraordinaria de propietarios. Con sus normas, sus discrepancias, sus comisiones organizadoras y esa madre que siempre empieza sus mensajes diciendo «Yo no quiero crear polémica, pero…». Y a continuación declara la Tercera Guerra Mundial.
Vamos a ver. Si en una clase hay treinta y cuatro niños y tienes que organizar un cumpleaños en uno de esos parques de bolas donde te cobran por cada criatura como si fueran a servirle bogavante de primera categoría, compartir gastos tiene todo el sentido del mundo. Juntas tres o cuatro cumpleaños, repartes el coste y asunto solucionado. Los niños juegan, los padres ahorran y el dueño del parque de bolas sigue pagando la hipoteca gracias a unas croquetas congeladas y unos sándwiches que llevan cortados desde el reinado de Felipe II.
Hasta aquí, perfecto. El problema aparece cuando alguien decide que, además de compartir cumpleaños, también tenemos que compartir criterios educativos, amistades, regalos, presupuestos y prácticamente la patria potestad.
Imaginemos que tu hijo quiere celebrar su cumpleaños con cuatro amigos. Sus amigos de verdad. Los que le caen bien, con los que juega y con los que disfruta. Pero resulta que uno de los otros cumpleañeros quiere invitar a un niño que tiene la sana costumbre de repartir hostias en el recreo como si estuviera preparando los Juegos Olímpicos de boxeo. Muerde, empuja, pega y convierte cada partida al escondite en una recreación de la batalla de las Termópilas. Y ojo, no se trata de señalar a ningún niño concreto. Los niños tienen sus etapas, sus problemas y sus circunstancias. Pero tampoco vamos a fingir que todos son pequeños querubines bajados del cielo.
Pues resulta que, como el cumpleaños es conjunto, el pequeño Terminator viene incluido en el paquete. Porque aquí invitamos a todos. Y tú, que solamente querías ver a tu hijo soplar unas velas y comer tarta con sus amigos, acabas pasando tres horas vigilando la zona infantil como si fueras el jefe de seguridad de una cumbre internacional. La inclusión está muy bien. El respeto también. Pero convendría recordar que un cumpleaños es una celebración, no una condena judicial de asistencia obligatoria.
Y ahora vamos con los regalos, que es donde empieza la auténtica carnicería. Resulta que varias familias deciden celebrar los cumpleaños juntas y algunas consideran que recibir muchos regalos es perjudicial para los niños. Que fomenta el consumismo, que hay que educar en valores, que debemos enseñarles a disfrutar de las pequeñas cosas y que no podemos convertir cada cumpleaños en una orgía de juguetes. Todo muy bonito. Así que se establece que cada niño recibirá un libro y un juego de mesa. Porque, evidentemente, si algo desea una criatura de seis años el día de su cumpleaños es que una comisión de adultos determine exactamente cuánta felicidad puede recibir sin comprometer su desarrollo emocional.
Pero entonces aparece una niña que quiere un unicornio de peluche. Un puto unicornio. No está pidiendo un poni de verdad, un chalet en la playa ni el control accionarial de Microsoft. Un peluche. Pues no puede ser. Porque si aparece el unicornio se rompe el acuerdo. Y si se rompe el acuerdo, las demás familias pueden sentirse molestas. Y si alguien se molesta, aparece el famoso mensaje de cuarenta y siete líneas en WhatsApp explicando que «esto no es por el dinero, sino por los valores que queremos transmitir a nuestros hijos». Que es una manera muy elegante de decir que te molesta que otra familia haga con su dinero lo que le salga de las narices. Resultado: la niña se queda sin su unicornio, pero los adultos se van a casa convencidos de haber salvado la educación occidental. Una victoria histórica.
Luego tenemos el maravilloso asunto de las comparaciones. Dos niñas celebran juntas su cumpleaños. Las familias aportan dinero para los regalos y llega el momento de abrir los paquetes. Una recibe un estuche de pinturas, unos rotuladores y varios juguetes pequeños. La otra recibe una bicicleta. Una bicicleta. Con sus dos ruedas, su manillar, su sillín y toda su puta estructura metálica.
Imaginad la escena. La primera niña abre sus rotuladores, sonríe y da las gracias. La segunda aparece montada en una bicicleta que parece recién entregada por los Reyes Magos después de ganar el Euromillones. La primera mira sus pinturas. Mira la bicicleta. Vuelve a mirar las pinturas. Y en ese preciso instante descubre que la vida es injusta, que el capitalismo tiene sus contradicciones y que debería haber contratado a un abogado para negociar las condiciones de su cumpleaños.
Que sí, que puede haber mil explicaciones. A lo mejor una niña ya tiene bicicleta. A lo mejor la otra llevaba años pidiéndola. A lo mejor una familia ha aportado dinero adicional. Todo perfectamente legítimo. Pero, coño, habladlo antes. Porque poner a dos criaturas a abrir regalos juntas con semejantes diferencias es organizar una competición de decepciones en directo.
Y si pensáis que esto es complicado, esperad a conocer la Champions League de los regalos. Dos familias deciden compartir cumpleaños para ahorrar dinero. Una idea estupenda. Pero una de las madres decide invitar también a sus primos, sobrinos, tíos, abuelos y prácticamente a toda su línea sucesoria desde los Reyes Católicos. Porque claro, ella no puede organizar veinticinco celebraciones diferentes. Y hasta ahí, estupendo.
Pero llega el momento de abrir los regalos. Una niña tiene tres o cuatro paquetes. La otra tiene once. ONCE. Y puede que alguno más escondido debajo de la mesa. Aquello no es un cumpleaños. Es la inauguración de un centro logístico de Amazon durante el Black Friday. La niña empieza a abrir regalos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… La otra ya ha terminado hace diez minutos y empieza a preguntarse si está celebrando su cumpleaños o asistiendo al homenaje de despedida de una compañera que se jubila después de cuarenta años en la empresa.
Mientras tanto, su madre empieza a hacer cálculos mentales. «A ver, tengo dos regalos guardados para Navidad, uno que compré para diciembre y una muñeca que estaba escondida en el armario…». Porque esa es otra. Que terminas saqueando los regalos navideños de tu propia hija para que no parezca la invitada pobre de su cumpleaños. Maravilloso. Has decidido compartir una fiesta para ahorrar dinero y acabas adelantando la Navidad. Un negocio redondo.
Pero todavía nos queda hablar de la pasta, porque aquí también hay material para una tesis doctoral. Imaginemos que cada familia aporta diez euros para el regalo de un niño. Diez euros. Una cantidad razonable. Pero después descubres que el regalo comprado cuesta tres euros. Un libro. Muy bonito, seguro. Quizá incluso con ilustraciones y tapa dura, aunque por tres euros tampoco esperemos la edición conmemorativa de la Biblioteca Nacional. Y alguien comete la imprudencia de preguntar: «Perdona, ¿y los otros siete euros?».
Silencio. Un silencio de esos que se producen cuando alguien pregunta en una reunión de vecinos quién lleva seis meses sin pagar la comunidad. Porque una cosa es organizar un regalo conjunto y otra muy distinta es financiarle la fiesta a otra familia sin que nadie te lo haya explicado. Que si yo quiero colaborar con los gastos del cumpleaños, estupendo. Pero dímelo. No me vendas que estoy comprando un regalo cuando en realidad estoy participando en una ampliación de capital del parque de bolas. Y si además cada niño tiene que pagar una entrada de 14,95 euros, aquello empieza a parecer menos una celebración infantil y más una franquicia. Solo falta que aparezca un padre con un PowerPoint explicando el coste por invitado, el margen de beneficio de las bolsas de chuches y el retorno de inversión de la piñata.
Y entre tanta organización se nos olvida una cuestión bastante importante. No todas las familias tienen el mismo dinero. Ni las mismas ganas. Ni las mismas prioridades. Hay padres que pueden gastarse cuatrocientos euros en un cumpleaños sin despeinarse. Otros pueden permitirse cien. Y otros prefieren invitar a cuatro amigos a casa, preparar unos bocadillos de Nocilla, comprar una tarta y dejar que los niños jueguen durante tres horas. ¿Y sabéis qué? Que eso también es un cumpleaños. Y posiblemente uno cojonudo.
Porque los niños no necesitan obligatoriamente una nave industrial llena de castillos hinchables, monitores disfrazados de dinosaurios, luces de discoteca y una máquina de humo. A veces les basta con cuatro amigos, una tarta de chocolate y que nadie les dé por culo. Pero hemos llegado a un punto en el que parece que celebrar un cumpleaños sencillo es casi una declaración de pobreza. Y no. Es una elección perfectamente respetable.
El problema de institucionalizar los cumpleaños conjuntos es que lo que para unas familias supone un ahorro, para otras puede convertirse en una obligación económica y social. Porque siempre aparece alguien que considera que hay que hacerlo de determinada manera. Que todos deben participar. Que todos deben aportar lo mismo. Que los regalos tienen que ser iguales. Que las invitaciones deben consensuarse y que cualquier decisión individual constituye una falta de respeto hacia el espíritu colectivo. ¿Pero qué espíritu colectivo? ¿Estamos celebrando el cumpleaños de unos niños o fundando una cooperativa agrícola?
Que cada familia eduque a sus hijos como considere oportuno, dentro de unos límites razonables. Que quien quiera regalar un libro, regale un libro. Que quien quiera comprar un unicornio, compre el puto unicornio. Y que quien prefiera celebrar el cumpleaños en el salón de su casa no tenga que presentar una memoria justificativa ante la Junta Suprema de Padres y Madres.
Porque lo verdaderamente preocupante es que hemos conseguido que una celebración infantil dependa más de la satisfacción de los adultos que de la felicidad de los niños. Y los niños, curiosamente, suelen tener bastante claro lo que quieren. Jugar con sus amigos, comer tarta, abrir algún regalo y pasarlo bien. No necesitan un reglamento interno de treinta y ocho artículos, una comisión de seguimiento ni una tesorera encargada de fiscalizar el presupuesto de las chuches.
Los cumpleaños conjuntos pueden ser una idea estupenda. Permiten compartir gastos, simplificar la organización y reunir a varios amigos en una misma fiesta. Pero para que funcionen hace falta algo que parece escasear bastante en determinados grupos de WhatsApp: sentido común. Hablar las cosas antes. Dejar claras las cuentas. Respetar las decisiones de cada familia. Evitar comparaciones innecesarias y entender que compartir una celebración no significa tener derecho a decidir cómo deben educar los demás a sus hijos.
Y, sobre todo, recordar quiénes son los protagonistas. Los niños. No los padres. No la comisión organizadora. No la madre que considera que un unicornio de peluche puede provocar el derrumbe moral de Occidente. Los putos niños.
Porque a este paso, dentro de poco habrá que presentar el presupuesto del cumpleaños con tres meses de antelación, aprobarlo por mayoría cualificada, nombrar un interventor para supervisar los regalos y levantar acta de la entrega de la tarta. Y todo para que una criatura sople seis velas.
Que alguien me explique en qué puto momento hemos conseguido complicar tanto algo que antes se solucionaba con una tarta, unos sándwiches de Nocilla y una bolsa de gusanitos. Y lo más gracioso es que los niños seguramente serían felices con mucho menos. Los que necesitamos terapia de grupo somos los padres.
