El placer absurdo de plantarte un palillo en el pueblo

Hay pocas cosas más españolas, más inútiles y más profundamente satisfactorias que salir de comer en un pueblo y acabar con un palillo en la boca como si fueras el puto sheriff del lugar. No sabes en qué momento ocurre. Nadie te lo enseña. No hay ceremonia. Simplemente un día tienes más de treinta años, acabas de comerte media barra de pan con alioli y, de repente, ahí estás… mascando un palillo con mirada seria mientras observas la plaza como si gestionaras el crimen organizado de Soria.

Y ojo, porque el palillo no sirve para nada. Bueno sí, para clavártelo en la encía y estar luego dos días diciendo “me cago en mi puta vida”. Pero da igual. El palillo no es una herramienta dental. Es una actitud. Un estado mental. Un símbolo de que acabas de comer bien y estás listo para pasear despacio mientras te cruzas con otros señores haciendo exactamente lo mismo.

Porque en el pueblo el palillo tiene prestigio. No es como en ciudad, donde sacas uno y pareces un perturbado esperando un juicio. No. En el pueblo el palillo te da categoría. Te convierte automáticamente en alguien que sabe de vino, de aceitunas y de decir “pues no ha llovido ná este año” aunque no hayas plantado una lechuga en tu vida.

Y lo mejor es cómo cambia tu personalidad. Con un palillo en la boca te vuelves filósofo. Empiezas a apoyar una pierna contra la pared del bar, te cruzas de brazos y opinas sobre cualquier cosa con autoridad inventada. El ayuntamiento, las obras, el fútbol, la juventud de hoy… Todo mientras masticas ese trozo de madera como Clint Eastwood.

Luego están los auténticos profesionales. El abuelo que lleva el palillo pegado al labio inferior durante cuatro horas seguidas sin tragárselo ni una vez. Eso no es una persona. Eso es disciplina militar. Ese hombre podría pilotar un avión en turbulencias sin perder el palillo. Tiene más control mandibular que un cocodrilo. Como mi chica, que es capaz de sujetarlo dejándolo clavado con los dientes paletos de menera asombrosa porque no hay hueco entre ellos.

Y no nos engañemos: parte de la ilusión está en el ritual. La comida eterna. El café. El chupito que “invita la casa” que nosotros nunca tomamos. El camarero dejando el bote de palillos sobre la barra como si fueran puros cubanos. Y tú cogiendo uno con la solemnidad de quien va a firmar un tratado de paz.

Porque hay pequeños placeres que no necesitan explicación. Y uno de ellos es salir de un bar de pueblo, lleno hasta arriba, con la barriga caliente y un palillo bailando en la boca mientras caminas a dos kilómetros por hora pensando: “joder, qué bien se está aquí”.

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