Cayó Maduro y el planeta entero decidió comportarse como un puto meme con traje y bandera. Los unos brindando como si la democracia acabara de aterrizar en Caracas en un helicóptero yanqui, los otros llorando por la soberanía como si no llevaran años limpiándose el culo con ella. Un espectáculo obsceno de cinismo geopolítico donde nadie dice la verdad porque la verdad no cabe en un puto eslogan.
Los que aplauden están exultantes. Justicia, dicen. Libertad, gritan. Se les cae la baba celebrando una operación militar extranjera mientras fingen sorpresa ante cualquier crítica. Para ellos todo vale si el capturado es el villano correcto. El derecho internacional es una molestia, un trámite, una nota al pie que solo se respeta cuando no jode. Hoy es Maduro; mañana será otro. Y pasado mañana, si hace falta, también. Porque cuando te crees el sheriff del mundo, las reglas son para los demás.
Estos tipos hablan de derechos humanos con la misma boca con la que justifican bombardeos “limpios”, capturas “necesarias” y transiciones “ordenadas” que siempre terminan pagando los mismos: los de abajo. El precedente les importa una mierda. El día después les importa aún menos. Ellos ya ganaron el relato, que es lo único que les interesa.
Y luego están los otros. Los indignados profesionales. Los sacerdotes de la soberanía recién ordenados. Hoy la soberanía es sagrada, inviolable, casi mística. Hoy hay comunicados solemnes, caras largas y llamados al derecho internacional. Ayer, cuando esa misma soberanía servía para encarcelar opositores, reprimir protestas y saquear un país entero, estaban misteriosamente ocupados mirando al techo. Ahí no tocaba indignarse tanto. Ahí había “matices”.
Defender la soberanía sin defender a la gente no es ética, es una coartada de mierda. Es decir “no hagamos nada” con palabras bonitas. Es lavarse las manos mientras el poder aplasta y luego fingir escándalo cuando alguien externo rompe el juguete.
Y así estamos: unos celebrando el uso de la fuerza como si fuera justicia divina, otros llorando por las formas mientras ignoran el fondo. Dos bandos gritándose libertad, soberanía, legalidad, para no admitir lo evidente: que esto no va de principios, va de poder. De quién puede hacer qué, cuándo y sin pagar consecuencias. De qué dictador cae y cuál se tolera. De qué atrocidad se condena y cuál se relativiza.
La pregunta que nadie quiere enfrentar porque da miedo y no suma likes es simple y jodida: ¿qué coño se hace cuando un régimen viola derechos sistemáticamente y la “solución” también se pasa las reglas por el forro de los cojones? Pensar eso requiere parar, dudar, incomodarse. Y en este mundo de opinadores compulsivos, pensar es de raros.
Mientras tanto, Venezuela vuelve a quedar fuera del centro. No importa como sujeto político, solo como excusa. Como tablero. Como palabra arrojadiza en discusiones ajenas. Nadie la escucha. Nadie la pone primero. Porque ni los que celebran ni los que condenan están hablando de los venezolanos: están hablando de sí mismos, de su superioridad moral imaginaria, de su necesidad patológica de tener razón.
Y dicho esto, lo dejo claro: sí, me alegro de que caiga. Me alegro de que Maduro ya no mande, de que un tipo que arruinó un país entero y se sostuvo a base de miedo haya salido del centro del poder. Pero alegrarse no significa tragarse el cuento completo. No significa aplaudir sin pensar, ni suspender el juicio crítico, ni fingir que todo lo que viene después es automáticamente justo porque el villano cayó.
Me alegro de que caiga.
Pero no me creo el puto cuento entero.