Team Ricky sin complejos

Hay vídeos políticos que nacen con ínfulas de sermón y acaban convertidos en material de autopsia pública. El de Irene Montero entra directo en esa categoría. Mensaje serio, tono de “te explico la vida” y ese aire de superioridad moral repugnante que la izquierda patria maneja como si fuera un perfume caro. Error de primero. Porque al otro lado estaba RickyEdit, y cuando Ricky huele cartón, no duda: saca el cúter y empieza a cortar.

El vídeo, el que corre por TikTok como gasolina sobre una hoguera, no es un “zasca” para subnormales ni una rabieta de cuñado. Es algo bastante peor para el poder: edición con memoria y sin piedad. Ricky no inventa nada; no necesita hacerlo. Te pone el vídeo, te lo para, te lo repite despacio, como explicándole un chiste malo a alguien que no lo ha pillado. Y te deja hablando sola, hasta que la frase se desploma por su propio peso, como una silla de IKEA mal montada.

Aquí no hay insultos, ni gritos, ni aspavientos teatrales. Hay espejo. Y los espejos joden especialmente cuando llevas años hablando sin que nadie te contradiga de verdad. Porque de repente no tienes enfrente a un tertuliano comprado ni a un periodista domesticado, sino a alguien que se limita a enseñarte lo que acabas de decir y a preguntarse en voz alta si tú misma te escuchas.

La noticia no es que un youtuber critique a una política. Eso pasa todos los días. La noticia es el método. Ricky entiende el formato mejor que cualquier gabinete de comunicación pagado con dinero público. Ritmo corto, silencios incómodos, subtítulos que subrayan la contradicción y ese gesto de “¿pero esto qué cojones es?” que vale más que mil editoriales solemnes. No te empuja a pensar: te deja mirar. Y cuando miras con calma, ves que el discurso institucional va con ruedas de plastilina y el chasis lleno de óxido.

¿Y la reacción? La de manual. Cuando el clip empieza a escalar, cuando los comentarios se multiplican y la gente empieza a hacer capturas, llega la poda. Borrado fino, discreto, nervioso. Y no hay nada que huela más a “me ha dolido” que limpiar comentarios en público como si nadie se fuera a dar cuenta. Es cerrar persianas cuando el sol ya ha entrado por toda la casa. Tarde, mal y dejando claro que te ha escocido.

Pero lo verdaderamente patético no es el vídeo ni la respuesta. Lo patético es el fondo. Que una exministra, con un país lleno de problemas reales, decida gastar tiempo, energía y neuronas en enzarzarse con un youtuber. No para aclarar nada importante, no para arreglar nada útil, sino para intentar ganar un combate en el terreno donde no manda el cargo, manda el clip. El mensaje que deja eso es devastador: no tengo nada mejor que hacer.

Y ahí es donde todo se convierte en una caricatura. No por Ricky, que está haciendo exactamente su trabajo (analizar, editar, señalar contradicciones, etc.) sino por quien baja del poder institucional al barro digital creyendo que el título todavía impone respeto. En internet no mandan los cargos, manda el método. Y discutir con un creador no te hace cercana ni moderna; te hace pequeña. Porque mientras él vive de esto, tú deberías estar a otra cosa.

Aquí está la clave del elogio, y es importante: Ricky no va de salvador ni de héroe moral. No se pone la capa ni da lecciones. Opera. Frío, preciso, sin desviarse del material original. Sabe que hoy la autoridad no se impone con cargos ni con discursos inflados, sino con credibilidad narrativa. Y esa credibilidad se gana sin mover la portería, sin cambiar de tema y dejando que la propia frase haga el trabajo sucio.

Mientras el discurso político confía en que el respeto se hereda por el puesto, Ricky demuestra que el respeto se arranca con método. No te grita; te ordena el clip. No te insulta; te subtitula. No te persigue; te cita. Y cuando el adversario intenta subir el volumen, borrar huellas o hacerse el ofendido, el público ya ha entendido perfectamente quién domina el ring.

RickyEdit ha convertido un vídeo institucional en un manual práctico de cómo no hablarle a internet. Ha dejado claro que el poder del creador no está en la rabia ni en el insulto, sino en la precisión quirúrgica. Y ha recordado algo que a muchos les jode aceptar: en 2026, el que controla el relato no es el que tiene despacho, sino el que sabe editar la verdad sin tocarla. Y ahí, le pese a quien le pese, Ricky juega en casa.

Así que sí, me mojo. Team Ricky sin complejos. Porque cuando alguien desmonta el discurso oficial usando únicamente tus propias palabras, sin trampas ni aspavientos, lo mínimo es reconocerlo. Y porque ver a una figura del poder perder los nervios frente a un creador independiente dice mucho más de ella que de él.

Aquí no hay que elegir bando con cuidado. El bando correcto es el que expone, no el que borra. El que analiza, no el que sermonea. El que entiende internet, no el que cree que sigue hablando desde un atril.

Y ese bando, guste o no, se llama RickyEdit.