Hay algo profundamente irritante en escuchar a un político hablar y sentir que te está explicando el mundo como si tuvieras cinco años… pero con peor vocabulario y más condescendencia.
No es que no entiendas lo que dice. Es que te lo repite. Despacio. Con pausas dramáticas. Con esa mirada de “a ver si así lo pillas”. Y tú ahí, en el sofá, pensando: no soy gilipollas, solo estoy en desacuerdo contigo.
La política moderna ha perfeccionado el arte de la frase masticada. Titular fácil. Eslogan de taza. Tres ideas que se repiten hasta el vómito. Porque claro, el mensaje tiene que calar. Y para que cale, según ellos, hay que tratarte como si tuvieras la capacidad de atención de un pez rojo con déficit de atención.
Repiten.
Repiten.
Repiten.
Y cuando crees que ya han terminado… vuelven a repetirlo en otro plató, con otra corbata y el mismo discurso plastificado.
Hablan de “la gente” como si no estuvieras tú dentro de ese paquete. “La gente quiere…”, “La gente sabe…”, “La gente está preocupada…”. Perdona, campeón, yo soy gente y no me has preguntado una mierda.
Lo más insultante no es la simplificación. Es el tono. Ese tono paternalista de maestro de primaria explicando por qué no puedes comerte el pegamento. Ese tono de “confía en mí, que yo sé lo que hago”, mientras la realidad se incendia por detrás como en una película mala.
Y encima, cuando les pillan contradiciéndose, no rectifican. Lo repiten con más seguridad. Porque en política no gana el que tiene razón. Gana el que lo dice más veces sin pestañear.
Han convertido el debate en un concurso de consignas. No importa la complejidad, los matices, las cifras reales. Importa la frase que entre en 15 segundos y que quepa en un corte de telediario. Si para eso tienen que tratarte como si fueras medio lerdo, lo hacen sin despeinarse.
Lo peor es que funciona.
Funciona porque estamos cansados. Porque es más fácil escuchar un mensaje simple que enfrentarse a una realidad compleja. Porque repetir una mentira mil veces la convierte, al menos, en algo familiar. Y lo familiar da falsa tranquilidad.
Pero oye, una cosa es simplificar y otra muy distinta es hablarte como si no supieras sumar dos más dos. Una cosa es comunicar y otra es infantilizar. Y ahí está la línea que cruzan con una sonrisa y un “esto es por vuestro bien”.
No necesitamos políticos que nos hablen como a idiotas. Necesitamos políticos que nos hablen como adultos. Que expliquen sin esconder, que argumenten sin gritar, que reconozcan dudas sin tratarnos como ganado emocional.
Porque si algo cabrea más que un político que miente… es un político que miente despacito, mirándote a los ojos, como si te estuviera haciendo un favor.
Y luego lo repite.
Y lo vuelve a repetir.
Como si el problema no fuera lo que dicen, sino que tú no lo has entendido todavía.