Hay palabras que antes tenían peso. Que las soltabas y se hacía un silencio incómodo, como cuando alguien tira un vaso al suelo. Ahora no. Ahora son ruido, puro relleno para parecer profundo sin decir una puta mierda. Las han manoseado tanto que están huecas, como políticos prometiendo cosas en campaña.
“Facha” es la reina del vertedero lingüístico. Antes significaba algo concreto. Ahora es básicamente “no piensa como yo y me jode”. Da igual lo que digas, lo que votes o lo que curres. Si no repites el catecismo correcto, facha. Es el comodín del tonto moral: no argumenta, no debate, te señala y se va a masturbarse con su superioridad ética.
“Odio” va justo detrás, dopada hasta las cejas. Todo es odio. Opinar es odio. Reírte es odio. No llorar cuando toca es odio. Al final, cuando aparece el odio de verdad, el que quema contenedores o revienta vidas, ya nadie sabe distinguirlo porque han llamado odio hasta a estornudar mal. Bravo, genios.
“Violencia” también está para tirarla a la basura. Violencia es una palabra, una broma, un silencio incómodo. Luego ves violencia real, de la que parte caras y deja gente en el suelo, y ahí ya no interesa tanto. Mucho discurso y cero cojones para señalar lo que molesta de verdad.
“Democracia” es otra prostituida sin pudor. Democracia sí… mientras gane el mío. Si no, entonces hay que “reinterpretarla”, “protegerla” o directamente cagarse en ella con argumentos de profesor frustrado. Democracia tutelada, como si el ciudadano fuera un imbécil al que hay que explicarle qué votar.
Y la joya de la corona: “empatía”. La palabra más falsa del puto diccionario moderno. Empatía para los míos, desprecio para los demás. Si estás en el colectivo correcto, abrazo. Si no, burla, etiqueta y a tomar por culo. Empatía selectiva, como todo en esta mierda de discurso buenista.
El problema no es el lenguaje. El problema es usar palabras grandes para tapar cerebros pequeños. Es inflar términos serios para no tener que pensar, para no discutir, para no mancharse. Mucha palabrita limpia y mucho desprecio por debajo.
Han vaciado el diccionario a hostias. Y cuando las palabras dejan de significar algo, lo único que queda es ruido, dogma y gilipollas convencidos de que han ganado un debate cuando solo han cerrado la boca al otro. Y eso, por muy bonito que lo pinten, huele más a autoritarismo que a progreso.