Hay padres que no crían hijos, crían proyectos frágiles. Gente que despega con su criatura pegada al culo como un dron con ansiedad, vigilando cada paso, cada tropiezo, cada posible frustración no vaya a ser que el niño descubra que la vida no es un anuncio de cereales.
El padre dron no educa: gestiona. No deja que el crío se equivoque, le allana el camino. No le enseña a caerse, le pone rodilleras emocionales para todo. Resultado: un adulto que llega a los treinta y se bloquea si le hablan seco, si le dicen que no o si la vida no le da una palmadita antes de hostiarle.
Hemos confundido proteger con incapacitar. Antes un niño aprendía porque no había otra. Ahora aprende si le apetece, si no se frustra, si no llora y si no se siente “invalidado”. Y claro, luego pasa lo que pasa: adultos que no saben resolver un problema sin llamar a mamá, mandar un correo sin ansiedad o asumir un error sin montar un drama.
El padre dron discute notas con profesores, problemas con entrenadores y suspensos con el universo. Siempre hay una excusa. Siempre hay un culpable externo. El niño nunca falla: el entorno le falla. Así se construye un ego de cristal con cero herramientas para el mundo real.
Y cuando ese niño sale ahí fuera, el golpe es épico. Porque el jefe no le habla con cariño, la pareja no le debe comprensión eterna y la vida no negocia. Nadie le va a explicar las cosas despacito ni a adaptarse a su ritmo emocional. Y entonces llegan la frustración, la rabia y la eterna sensación de injusticia.
Lo peor es que muchos padres lo hacen desde el amor, pero sin cojones. Amor sin límites, sin exigencia y sin responsabilidad. Amor mal entendido que no prepara para vivir, solo para quejarse. Criar no es evitar el dolor, es enseñar a gestionarlo. Y eso implica dejar que el niño se equivoque, se caiga, se espabile y aprenda que no siempre va a ganar.
Estamos fabricando adultos que saben mucho de derechos, muchísimo de sentimientos y poquísimo de obligaciones. Personas que quieren el premio sin el proceso, el respeto sin el esfuerzo y la autoestima sin méritos. Adultos inútiles, pero muy convencidos de que el mundo les debe algo.
Luego nos sorprendemos de que no aguanten un trabajo, una relación o una crítica sin romperse por dentro. Pero claro, si nunca soltaste el dron, no esperes que sepan volar solos.