Hay algo muy humano en que te digan que usar IA es hacer trampas. Porque en el fondo no te están hablando de tecnología. Te están hablando de miedo. De inseguridad. De ese vértigo de mierda que da cuando el mundo cambia y tú no sabes muy bien dónde colocarte.
Cuando alguien me suelta que lo mío “no tiene mérito” porque uso inteligencia artificial, ya no solo me dan ganas de descojonarme. Me dan ganas de preguntar: ¿qué es lo que realmente te jode? ¿La máquina… o que yo la esté usando mejor que tú?
La IA no hace nada con intención, joder. No decide el tono. No sabe si quieres ser canalla, ácido, épico o delicado. No sabe a quién quieres tocarle los cojones ni por qué. Eso sigue siendo humano. Eso es criterio. Eso es tener algo que contar y las narices de firmarlo.
La herramienta no sustituye la visión. La amplifica.
Decir que usar IA es hacer trampas es como decir que un fotógrafo hace trampas por no revelar en un cuarto oscuro lleno de químicos. O que un diseñador es menos artista por usar Illustrator en vez de carboncillo. Es una nostalgia un poco absurda.
Hay también un romanticismo rancio en todo esto. Esa idea de que cuanto más sufras, más puro es tu trabajo. Como si el mérito estuviera en hacerlo todo a mano, tardar el triple y acabar hecho polvo. El talento no se mide por lo mucho que sudas, sino por lo que consigues transmitir. Y eso, sigue siendo cosa tuya.
Puedes usar IA para hacer basura rápida, sí. Para copiar, para repetir fórmulas vacías, para sacar contenido sin chicha. Y entonces serás mediocre. Pero ojo: eso ya era posible antes. La mediocridad no la ha inventado ninguna puta máquina.
O puedes usarla como una extensión de tu cabeza. Como una libreta infinita donde pruebas, corriges, revientas guiones y frases hasta que suenen como quieres. Ahí está la diferencia. En el cabrón que está detrás afinando cada detalle.
Muchos de los que desprecian la IA ya viven rodeados de ella. En el corrector del móvil, en las recomendaciones que consumen, en el GPS que les salva el culo cuando se pierden. Pero claro, cuando la herramienta deja de ser invisible y empieza a dar ventaja creativa, entonces molesta. Entonces “no tiene mérito”.
Suena menos a ética y más a miedo.
Miedo a quedarse atrás.
Miedo a no entender la herramienta.
Miedo a que el mercado cambie y te pille con el pie cambiado.
Y el miedo, cuando no se reconoce, se disfraza de superioridad moral. De discurso solemne. De “yo es que soy más auténtico”. Vale, que sí.
La creatividad nunca ha sido pureza. Ha sido mezcla, apropiación, evolución. La imprenta fue una trampa para los copistas. La fotografía fue una trampa para los pintores. Internet fue una patada en los huevos para medio periodismo. Y aquí seguimos, creando exactamente igual.
La diferencia no está en usar IA o no usarla. Está en qué coño haces con ella. Si no tienes criterio, seguirás siendo mediocre aunque escribas con pluma de oro. Si tienes voz, la herramienta solo te da más potencia.
La IA no me quita mérito. Me da ventaja.
Y el que quiera competir, que compita. Pero que no venga a dar lecciones mientras yo uso todas las putas herramientas disponibles para currar mejor, crear más cosas y llevar mis aficiones al siguiente nivel… como cuando se me va la cabeza y monto movidas como Historia Canalla TV que ya de paso os invito a ver.