Hay mañanas que no necesitan fuegos artificiales. Ni viajes a Bali. Ni postureo en Instagram con taza de matcha mirando al infinito. Hay mañanas que son pura magia. Para mí, esas mañanas que comparto con José por Madrid juegan en otra puta liga.
Él llega siempre igual: haciendo el idiota con una dignidad admirable. Esta vez aparece por la Puerta del Sol con el abrigo abierto, agitándolo como si fuese la capa de un superhéroe de barrio. Da pequeños círculos, conduce su vuelo imaginario con los puños apretados mientras la gente le mira entre sorprendida y divertida. Hay sonrisas cómplices. Algún turista pensará que forma parte del espectáculo madrileño. Y yo, que le conozco, sé que ese numerito es su forma de decir: “la vida pesa, pero no me va a joder esta mañana”.
Ese es mi amigo. Un tipo capaz de abrirse en canal diez minutos después de haber hecho el payaso en plena calle.
Caminamos un poco, agradeciendo lo privilegiados que somos por vivir en la ciudad más bonita del mundo. Entramos en la Chocolatería San Ginés y ahí empieza la verdadera liturgia. Porque San Ginés no solo se ve. Se huele.
Huele a chocolate espeso, casi indecente. A churro recién frito. A café fuerte que te despeja hasta las dudas existenciales. A azúcar cayendo como nieve sobre una bandeja. Huele a conversación honesta. A siglos de gente arreglando el mundo en una mesa pequeña.
Es impresionante cómo en un sitio tan pequeño y tan estrecho, con mesas pegadas, camareros cruzándose como si jugaran al Tetris humano y turistas entrando y saliendo sin parar, puede parecer que estás completamente solo con el que tienes delante.
San Ginés tiene eso. Es un pasadizo apretado, casi claustrofóbico, pero cuando te sientas con alguien importante el mundo se encoge hasta quedarse reducido a una taza de chocolate espeso y una conversación sincera. Te baja las defensas. Te dice: aquí puedes ser tú. Aquí puedes admitir que te equivocaste. Aquí puedes reconocer que acertaste. Aquí puedes decir “estoy acojonado” sin que suene a debilidad.
Y ahí empezamos a hablar de lo divino y de lo humano. De los miedos que no se cuentan en reuniones formales. De errores y aciertos. De decisiones.
Salimos con azúcar en el paladar y el corazón más ligero.
Paseamos por el centro, por esos rincones que parecen decorados antiguos donde Madrid baja el volumen. Las fachadas viejas, las plazas escondidas, las sombras alargadas… Todo invita a seguir hablando. A seguir vaciando mochilas.
Vemos escaparates en la Plaza Mayor y, entre bromas y miradas cómplices, nos confesamos un deseo absolutamente infantil: placar a esos personajes grandes e hinchables que se plantan en medio de la plaza. «¿Te imaginas salir corriendo y hacerles un placaje limpio, de manual?”
No por violencia. Por deporte. Por la épica absurda del momento. Por comprobar si rebotan. Por ver cómo el gigante cae lentamente, en cámara lenta, mientras la plaza entera contiene la respiración.
Porque a veces la amistad también es eso: poder decir “tengo ganas de placar a ese muñeco gigante” y que el otro no te mire raro, sino que asienta y te diga: “sería la polla”.
Y entonces hacemos algo profundamente humano: compramos unos décimos. Sabemos que lo más probable es que no toque nada. Pero comprar un décimo no es solo jugar al azar. Es compartir sueños con tu amigo durante cinco minutos. Es imaginar que, si toca, nos iremos una semana a cualquier sitio sin mirar el precio del hotel. Es fantasear con ayudar a los nuestros. Es permitirnos pensar que la vida también puede darte un golpe de suerte y no solo de realidad.
Bajamos hacia la calle Ribera de Curtidores y nos metemos por las Nuevas Galerías del Rastro.
José me regala una breve explicación y un par de estrofas de “Purísima y Oro”, esa canción de Joaquín Sabina que habla de las Galerías Piquer y que yo me he puesto mientras escribo esto para hacerlo todavía más épico. “Para primores… Galerías Piquer”, dice la canción. Ahora están remodeladas, pero conservan ecos de otra época. Allí Madrid no es escaparate: es historia viva. Son muros, y ahora muchas antigüedades, que han escuchado discusiones, risas, hambre, amor y supervivencia. Nos llama la atención una bañera vieja, apoyada en un rincón. Vete tú a saber la historia que lleva dentro.
Nos quedamos un rato mirando hacia arriba, admirando esa arquitectura humilde pero orgullosa. José señala unas escaleras y dice que ahí le gustaría que hubiese una cafetería para tomar un café al sol con esas vistas. Yo me imagino las vidas que han pasado por esos peldaños. Es imposible no sentir respeto.
Entramos en la Iglesia de San Isidro sin planearlo.
Y allí, simplemente, admiramos la iglesia.
La altura. La luz entrando por las vidrieras. La cúpula que parece empujarte la mirada hacia arriba aunque no seas especialmente creyente. La madera oscura de los bancos. El silencio que pesa, pero no aplasta.
No hablamos mucho en ese momento. No hace falta. Solo observamos. Respiramos. Dejamos que la arquitectura haga su trabajo y nos baje el ritmo. Hay algo en esos espacios que te recoloca por dentro, aunque no sepas explicar por qué.
Salimos más tranquilos. Más pequeños, quizá, en el buen sentido.
Volvemos hacia el metro de Embajadores con esa sensación de haber hecho algo importante sin haber hecho nada espectacular. Seguimos hablando mientras caminamos. De lo rápido que pasa el tiempo. De cómo cambian las prioridades. De cómo uno aprende, a hostias, claro a valorar lo que antes daba por hecho.
Nos despedimos con un abrazo y la certeza de que, a veces, la magia no está en los grandes planes sino en parar, mirar y decir en voz alta lo que normalmente te guardas, paseando junto a un gran amigo por tu ciudad una mañana cualquiera de febrero.