Los talibanes de la caca de perro… con el suelo lleno de sus mierdas

Hay una especie urbana muy curiosa. Seguro que la conoces. Es esa gente que entra en cólera absoluta cuando ve una caca de perro en la acera. Se indignan, levantan los brazos, bufan, hacen fotos, escriben en el grupo de vecinos, lo comentan en el bar y si pueden hasta llaman a la ONU para denunciar el crimen.

“¡Esto es una vergüenza!”
“¡La gente es una guarra!”
“¡Los dueños de perros no tienen educación!”

Y acto seguido… tiran la colilla al suelo.

O el papel del chicle.

O el ticket del supermercado.

O el envoltorio del puto bocadillo.

Pero claro, eso no cuenta. Eso debe desaparecer por arte de magia gracias al espíritu santo del servicio de limpieza municipal.

Lo fascinante de este fenómeno es el nivel de hipocresía olímpica que manejan algunos. Se comportan como si la caca de perro fuera el único residuo existente en el planeta. El resto de la basura, al parecer, es parte del paisaje urbano. Decoración. Arte contemporáneo.

Porque vamos a ser claros: hay calles que parecen un cenicero gigante. Colillas por todas partes. Papeles volando. Latas tiradas. Bolsas de plástico bailando con el viento como si fueran una escena triste de una película barata.

Pero eso no provoca indignación colectiva.

La caca sí.

La caca es el enemigo público número uno.

Y ojo, que quede claro: recoger la mierda del perro es obligatorio y el que no lo hace es un guarro de campeonato. Punto. No hay discusión ahí.

Pero lo gracioso es ver a algunos indignados profesionales señalar la mierda ajena mientras van sembrando basura por la ciudad como si fueran agricultores del desorden.

El tío que suelta el discurso moral sobre los perros… y dos minutos después tira el paquete vacío de tabaco al suelo.

La señora que protesta en el grupo de vecinos porque alguien no recogió una caca… y luego deja el pañuelo usado en el banco del parque.

El campeón que graba un vídeo para denunciar “la suciedad del barrio” mientras pisa una alfombra de colillas que probablemente ha ayudado a crear.

Y luego pasan cosas que ya rozan lo surrealista.

Hace poco vi lo que estaba haciendo la policía local de Galapagar con el tema de las cacas de perro y, sinceramente, era la polla. Drones vigilando parques, agentes de paisano patrullando como si estuvieran cazando a un narcotraficante, cámaras por todos lados… todo un despliegue digno de una operación contra el crimen organizado.

Para perseguir… cagadas de perro.

Que sí, que recogerlas es obligatorio y hay que hacerlo. Pero la escena era digna de una película: el perro haciendo lo suyo, el dueño mirando alrededor con cara de sospechoso y en algún sitio un dron sobrevolando la zona como si estuvieran vigilando a Pablo Escobar.

Mientras tanto, a dos metros del parque: colillas, papeles, latas, bolsas, botellas… una colección completa de basura humana perfectamente esparcida por la acera.

Pero claro, eso parece que no requiere drones.

Porque al final el problema no son solo los dueños de perros guarros. El problema es la cultura del “esto no es cosa mía”. Esa mentalidad de barra de bar que consiste en exigir civismo a los demás mientras uno mismo se comporta como un puto pirata urbano.

La ciudad no está sucia por un motivo. Está sucia porque hay demasiada gente que cree que la calle es un cubo de basura gigante gestionado por otros.

Así que la próxima vez que alguien empiece su discurso épico contra las cacas de perro, estaría bien hacer un pequeño experimento científico.

Mirar al suelo a su alrededor.

Y luego preguntarle con toda la calma del mundo:

“Oye… ¿y todas esas colillas quién coño las ha puesto ahí?”