Hay algo fascinante en el siglo XXI: puedes ser lo que te dé la gana. Emprendedor digital sin empresa, filósofo estoico o, si te apetece rizar el rizo, lobo atrapado en un cuerpo humano. Porque sí, han llegado los therians, esa peña que ha decidido que ser persona se les queda pequeño. Y no, no es la metáfora típica de “soy un lince para los negocios”. Es literal. Se sienten lince, lobo, zorro, gato o criatura del bosque incomprendida por esta cruel sociedad antropocéntrica.
La historia es tan sencilla como delirante. Un therian es alguien que afirma identificarse como un animal. No es un disfraz de Carnaval ni una coña entre colegas (que es exactamente lo que yo pensaba hasta que me pegué una hostia de realidad hace cinco minutos). Es identidad. En TikTok los ves con máscaras, colas y orejas, corriendo a cuatro patas por el parque, reptando por un centro comercial o sentados en la parte de atrás de un coche explicando con una seriedad tremenda que se sienten animales. Y tú mientras paseando a tus perros, recogiendo mierdas ajenas con dignidad y preguntándote cómo coño has llegado a los cuarenta y ocho años sin haber sentido ni una leve ganita de ser, yo qué sé, un tejón, por ejemplo.
Reírse es fácil, claro. El meme se escribe solo. Pero si rascas un poco, la cosa tiene más miga de la que parece. Vivimos en la era del buffet libre de identidades. Antes eras raro o eras normal. Ahora puedes ser lo que te de la puta gana. Y si el mercado de identidades humanas ya está saturado, pues te vas al reino animal y listo. Porque lo que de verdad se busca no es ser lobo. Es ser especial. Es pertenecer a algo que te diga: tú no eres uno más.
El problema no es que alguien juegue con símbolos. Eso lo hemos hecho siempre. El problema empieza cuando el símbolo se convierte en trinchera y cualquier duda se vive como ataque existencial. Cuando decir “igual no eres un lobo” te convierte en opresor del ecosistema espiritual. Ahí ya no hablamos de creatividad adolescente, hablamos de identidades rígidas construidas en base a validación digital. Y cuanto más extremo, más atención. Cuanto más raro, más likes. El algoritmo es el nuevo chamán.
Pero ojo, porque reducirlo todo a “cuatro chavales aburridos” es quedarse corto. Hay una generación creciendo bajo una presión brutal por destacar. Si no eres único, no existes. Si no tienes etiqueta, no perteneces. Y en ese contexto, declararte animal puede ser menos absurdo de lo que parece. Es una forma de escapar de expectativas, de normas sociales, de esa sensación de ser una pieza más en un sistema que te exige. Mejor lobo libre que humano explotado.
Los therians no son el fin de Occidente. No van a asaltar el Congreso a cuatro patas ni a instaurar la República Independiente del Bosque Encantado. Son un síntoma. Un síntoma de una sociedad tan cómoda que puede permitirse cuestionar incluso la especie a la que pertenece. Un síntoma de una cultura que ha convertido la identidad en producto y la autenticidad en espectáculo.
Y aquí viene la parte incómoda: igual el acto verdaderamente rebelde hoy no es decir que eres un zorro ártico atrapado en un instituto de Alcorcón. Igual lo radical es aceptar que eres humano, con tus defectos, tus inseguridades y tus contradicciones, y que no necesitas inventarte una cola para tener valor. Que no hace falta ser criatura mística para existir con dignidad. Pero claro, eso vende y viraliza mucho menos.
Mientras tanto, el resto seguimos siendo humanos estándar, con ojeras estándar y facturas estándar, madrugando sin épica y preguntándonos en qué puto momento la conversación cultural dejó de ser “¿qué quieres ser de mayor?” para convertirse en “¿qué animal late dentro de ti?”. Antes la respuesta correcta era médico, abogado o fontanero con oficio. Ahora puede ser lobo gris con una cuenta en TikTok de millones de seguidores.