Los ajuste de cuentas de las viejas por teléfono

No hablan. Se pelean. Se cagan en alguien. El móvil no es un teléfono, es un ring. Da igual dónde estén: autobús, ambulatorio, cola del Mercadona o sentadas al sol aparentando ser entrañables. En cuanto descuelgan, se les activa el modo guerra. Siempre cabreadas. Siempre con alguien. Siempre por una mierda que pasó hace treinta años y que, por supuesto, sigue siendo culpa del otro.

Empiezan tranquilas, con voz de falsa normalidad. “Sí, ya estoy aquí…” y a los cinco segundos ya están berreando como si les estuvieran robando el bolso: “¡PUES NO, PORQUE YO ESO NO LO HE DICHO!”. Y tú, ahí al lado, comiéndote el marrón, enterándote de que Paqui es una falsa de cojones, que el médico es un inútil y que la hija de no sé quién no llama nunca. Nunca. Ni para preguntar si está viva. Drama nivel telenovela barata.

Lo mejor es que no escuchan una puta mierda. Hablan solas. Recitan su monólogo aprendido. Da igual lo que diga la otra vieja al otro lado. Podría estar pidiendo auxilio o confesando que ha atropellado a alguien. Nada. La vieja sigue. Repite. Insiste. Sube el volumen. Porque si no se grita, no se gana. Y ellas siempre tienen razón. Siempre. Aunque no la tengan ni de lejos.

El móvil pegado a la oreja como si fuera una prótesis vital. Gritando a un aparato que funciona perfectamente. No es que no oigan, es que están cabreadas de serie. Necesitan que todo el puto vagón se entere de que están enfadadas. Que hay conflicto. Que alguien les ha tocado los cojones, probablemente por no devolver un tupper decente o por poner demasiada sal en la tortilla.

Y cuando cuelgan, silencio. Paz. Vuelven a su modo zen. Cara relajada. Mirada al frente. Como si no acabaran de montar un circo de mierda digno de juicio oral. Tú te quedas con cara de gilipollas, procesando el culebrón que no querías escuchar, mientras ellas guardan el móvil satisfechas. Han ganado otra discusión absurda que nadie sabe cómo empezó… ni cuándo coño va a terminar.

Porque mañana habrá otra llamada. Otro cabreo. Otro enemigo. Y otra víctima colateral: tú, que solo querías ir tranquilo y acabas sabiendo que Maruja está hasta los huevos de Conchi desde hace treinta y ocho putos años. Y que no lo va a superar jamás.