Ir a ver las luces de Navidad debería venir con advertencia sanitaria, como el tabaco o las atracciones de feria. Uno sale de casa con ilusión, con esa vocecilla interior diciendo “qué bonito todo, qué ambiente”, y a los diez minutos ya estás planteándote si no habría sido mejor quedarte en casa mirando tus pocas, pequeñas y cálidas luces del árbol. Porque las luces no vienen solas. Las luces traen gente. Mucha gente. Demasiada gente. Gente en estado salvaje.
Lo primero que aparece, siempre antes de ver una sola puta luz, son los indios de los silbatos del demonio. Esos instrumentos infernales que no silban, gritan. Un sonido diseñado para atravesarte el cerebro como un taladro oxidado. Da igual cuántas veces digas que no con la cabeza, ellos insisten, te lo ponen en la mano, lo prueban, lo soplan a medio centímetro de tu oreja. Y tú sonríes con educación mientras por dentro deseas que se les caiga el cargamento entero por una alcantarilla o mejor, que se lo trague.
Un poco más adelante están los de las cosas voladoras que brillan por el aire. Esos cacharros que salen disparados hacia el cielo con luces de colores y bajan describiendo una trayectoria imprevisible, normalmente directa a la cara de alguien. Niños hipnotizados, padres sin reflejos y un objeto luminoso cruzando el aire como si fuera un misil navideño. Cada lanzamiento es una ruleta rusa con leds. Magia, lo llaman. Acojone, lo llamo yo.
Luego llegan los de las bombetas. Gente vendiendo pequeñas explosiones en mitad de una masa humana compacta. Porque qué puede salir mal cuando mezclas petardos, alcohol, abrigos largos y estrés navideño. Cada estallido hace que medio metro cuadrado de gente dé un salto, se gire cabreada y mire a todos lados menos al culpable, que ya está encendiendo otro con cara de “no pasa nada”.
Y entre todo esto, avanzando como un rebaño desorientado, están los que andan a dos por hora. Personas que deciden que el centro de la calle, justo donde hay más tráfico humano, es el lugar perfecto para pasear como si estuvieran en un museo. Se paran, miran arriba, miran abajo, sacan el móvil, hacen una foto que no volverán a mirar jamás y siguen a paso de procesión. Tú detrás, con las manos en los bolsillos, apretando los dientes, calculando mentalmente cuántas Navidades te quedan de vida.
La cosa empeora cuando llegan los locos que entran en modo berserker. Gente que ya venía justita de casa, pero que al ver tanta masa humana colapsa del todo. Empiezan a gritar porque hay demasiada gente, como si alguien les hubiera prometido un paseo íntimo por la Gran Vía. Se quejan en voz alta, bufan, levantan los brazos, miran alrededor buscando culpables de que el mundo no se haya detenido para ellos. Cuanta más gente hay, más se alteran, más ruido hacen y más estorban, convirtiéndose en el epicentro del caos.
Y de repente, sin previo aviso, aparece el cabrón que para en seco. Tú vienes andando, esquivando obstáculos humanos, manteniendo el equilibrio emocional por pura inercia, y el de delante decide detenerse de golpe, como si hubiera visto una aparición mariana entre las luces. Frenazo. Choque. Pisotón. Mirada asesina. Él ni se disculpa. Está demasiado ocupado mirando una estrella gigante que es exactamente igual a la del año pasado.
Al final ves las luces, claro que las ves. Son bonitas, brillan, cumplen su función. Pero cuando te vas, con los pies doloridos, la cabeza zumbando y el oído aún pitando por culpa del silbato del demonio, entiendes la verdad absoluta de la Navidad moderna: las luces no están hechas para disfrutarlas, están hechas para sobrevivirlas. Y si vuelves a casa con la cordura intacta, considérate un puto héroe.