La cultura de la ofensa

Vivimos rodeados de ofendidos de mierda. No del que se cabrea de verdad porque le han tocado los cojones con algo serio, no. Hablo del ofendido profesional, del que se levanta cada mañana buscando por qué coño indignarse hoy. Que si una broma, que si una palabra, que si alguien no ha pedido perdón antes de hablar. Todo les parece ofensivo cuando lo único que tienen es demasiado tiempo libre y muy poca vida.

Antes ofenderse tenía sentido. Te cagabas en alguien si te insultaban, si te faltaban al respeto o si se pasaban tres pueblos. Ahora basta con no gustarte algo para montar un drama. Te ofendes, haces ruido, pides cabezas y exiges disculpas públicas como si te hubieran atropellado el perro. La ofensa ya no va de daño, va de ego y protagonismo.

Hemos criado a gente que confunde sentirse incómodo con estar oprimido. Si algo no encaja con su puta visión del mundo, no pasan página: lloran, señalan y cancelan. Y lo hacen con orgullo, porque ofenderse hoy da likes, da poder moral y te coloca en el pedestal de “yo soy mejor persona que tú”.

El ofendido nunca habla solo por él. No dice “me molesta”, dice “esto ofende a mucha gente”. ¿A quién? A nadie en concreto, pero queda de lujo. Se autoproclaman portavoces del sufrimiento ajeno sin que nadie les haya dado permiso. Ventrílocuos morales con complejo de salvadores y cero calle.

La cultura de la ofensa ha convertido el humor en un campo de minas, la opinión en una trampa y la conversación normal en una puta gincana. Hay que pedir perdón antes de hablar, durante y después, y aun así alguien va a tocarse. Porque no quieren entender, quieren pillar. Quieren sentirse importantes un rato.

Y no, no va de defender insultos ni barbaridades. Va de entender que vivir en sociedad implica escuchar mierdas que no te gustan. Que el mundo no gira alrededor de tu sensibilidad de cristal. Que no todo es un ataque personal ni una violencia simbólica sacada del culo.

El problema no es que la gente se ofenda. El problema es haber convertido la ofensa en identidad, en arma y en negocio. Gente que no construye una puta mierda pero se dedica a joder conversaciones porque “esto no se puede decir”. ¿Quién lo decide? Ellos. ¿Por qué? Porque se han ofendido. Y a callar.

Y así vamos: midiendo cada palabra, autocensurándonos por pereza y dejando que los más ruidosos marquen el terreno. No porque tengan razón, sino porque tienen más tiempo para cabrearse por gilipolleces.

Mientras tanto, la vida real sigue ahí fuera. Dura, imperfecta, sin avisos de contenido sensible y sin pedir perdón a nadie.