Fútbol sala de niños de 6 años: caos, babas y mi sobrino que es el puto mejor

El fútbol sala de niños de 6 años no es deporte. Es un espectáculo entre entrañable y descontrolado donde nadie tiene ni puta idea de lo que está pasando… pero todos lo viven como si se tratase de la final del Mundial. Tú llegas pensando “voy a ver un partidito”… y sales convencido de que has presenciado algo histórico.

El balón empieza a rodar y en tres segundos ya tienes a ocho niños corriendo detrás como si estuvieran cazando un Pokémon legendario. Pero no uno cualquiera, no… uno de esos que salen una vez en la vida, con música épica de fondo y todo. Da igual quién lo tenga, da igual de qué equipo sea: todos a por él. Sin estrategia, sin piedad, sin ningún tipo de orden. Solo instinto puro.

No hay posiciones, no hay táctica, no hay nada. Solo una masa de críos persiguiendo la pelota con una fe que ya la quisiéramos los adultos para cualquier cosa en la vida.

Eso sí, muchos no miran el balón.

Miran a la grada.

Porque ahí están sus padres… con la baba colgando. Literal. Da igual lo que haga el niño. Puede estar mirando al techo o ajustándose la zapatilla… que en la grada hay uno gritando “¡VAMOOOOS!” como si acabara de hacer una chilena por la escuadra.

Pero aquí viene el tema serio.

Porque en medio de ese caos… está mi sobrino.

Y lo tengo clarísimo: es el puto mejor.

Da igual lo que esté pasando alrededor. Da igual que el balón le rebote en la espinilla y salga en dirección contraria. Para mí eso es talento puro. Visión. Clase. Algo que no se entrena. Algo que se tiene o no se tiene.

Mientras los demás niños están más pendientes de saludar a sus padres que de jugar, él… bueno, igual también mira a la grada y saluda. Pero cuando toca el balón, amigo… ahí pasan cosas. O al menos eso veo yo, que para algo soy su puto tío.

Me vuelvo loco cada vez que mi sobrino toca el balón.

“¡ESA ES!”
“¡VAMOOOOS!”

Da igual lo que haga. Para mí siempre está bien. Siempre es la mejor decisión. Siempre es el que más lo intenta, el que más entiende el juego, el que tiene ese “algo”.

Y cuando marca… ya ni te cuento. Ahí se me va completamente la olla. Celebro más que si hubiera ganado la Champions mi Atleti. Me falta invadir la pista y levantarlo a hombros a grito de «Óle tu polla morena».

¿Es objetivo? Ni de coña.
¿Es verdad? Probablemente tampoco.
¿Me importa? Una mierda.

Luego está el portero, que empieza en su sitio pero a los dos minutos decide que quiere vivir la vida y se va a dar una vuelta por el medio campo. Gol desde su casa y cara de “hostia, si tenía que estar ahí”.

Los entrenadores, pobres, intentando explicar cosas imposibles como “no le quites el balón a tu compañero” mientras dos niños del mismo equipo se lo disputan como si fuera una pelea de bar a las tres de la mañana.

El árbitro… un jubilado. Un señor que pita con calma, con muchísima calma. Que a veces ve falta, a veces no, y a veces directamente se queda mirando la jugada como si estuviera recordando sus tiempos mozos. Y aun así, ahí está, aguantando el espectáculo como un campeón y disfrutando.

Y cómo no… la madre sufridora.

“¡LA MEDIA, LA MEDIA!” grita angustiada mientras el niño está en mitad de la jugada. El crío con la media bajada, corriendo como puede, mientras su madre vive un drama digno de telenovela. Porque claro, ¿Cómo va a jugar bien con la media así?.

Y mientras tanto, el niño… a su puta bola. Mira a la grada, saluda, se distrae, se ríe, pierde el balón, lo vuelve a intentar… y se lo pasa de puta madre.

Porque esa es la realidad: el único que está disfrutando de verdad es él. Los demás nos estamos montando una película. Cada uno la suya.

Lo mejor… lo mejor de todo… es que a los niños les da exactamente igual todo este circo. Si marcan gol, corren como locos. Si les meten uno, a los 10 segundos están riéndose otra vez. Si se caen, se levantan. Y si se pierden en medio del campo mirando las líneas, pues oye, también forma parte del show.

Cuando termina el partido, no hay táctica que analizar ni marcador que recordar. Solo un grupo de niños felices, sudados y con las medias caídas…

Mientras los adultos montan películas de competición, futuro y talento, ellos solo quieren jugar. Correr. Reírse. Y pegarle patadas a un balón sin más preocupación que pasárselo bien.

Y quizá ahí está la lección: el fútbol sala de niños de 6 años no va de ganar, ni de tácticas, ni de formar a la próxima estrella. Va de dejarles ser niños… aunque eso implique ver el partido más caótico y maravilloso que vas a presenciar en tu puta vida.