Ha muerto Fernando Esteso y con él se va un trozo enorme de esa España que se reía sin complejos, sin pedir permiso y sin pasar por el aro del ofendidito profesional. Esteso no venía a educarte, ni a salvarte el alma, ni a darte una charla TED sobre valores. Venía a hacerte reír. Punto. Y eso hoy, tal y como está el patio, sería casi terrorismo cultural.
Fue el rey del humor popular, del chiste directo, de la mueca exagerada y del cuerpo puesto al servicio de la carcajada. No necesitaba discursos ni metáforas profundas. Le bastaba una mirada, una caída o un “la madre que te parió” bien colocado. Mientras otros jugaban a ser intelectuales del humor, él llenaba salas y dejaba a la gente con dolor de tripa de tanto reír. Y eso jodía mucho a los listos.
El cine del destape, las comedias con Pajares, los títulos que hoy harían explotar Twitter en quince segundos… todo eso era Esteso. Humor de calle, de barrio, de cuñado gracioso en Nochebuena, de país que necesitaba reírse como fuera. ¿Era fino? No. ¿Era sutil? Tampoco. ¿Era honesto y efectivo? Como un martillo en la cabeza.
Y ahora imagínate esas películas hoy en día. Flipas. No llega ni a los títulos de crédito sin que media red social esté pidiendo su cancelación retroactiva, un comunicado de disculpas y un cursillo acelerado de sensibilidad moderna. Chistes de pollas, hostias, cuernos, tíos haciendo el ridículo, mujeres con carácter y cero complejos… hoy eso sería delito emocional. Sus pelis durarían diez minutos de metraje y veinte de disculpa pública leída con voz temblorosa. Y lo mejor es que Esteso se habría pasado todo eso por el forro, porque su humor no iba de gustar a todos, iba de hacer reír a muchos. Y eso, hoy, es dinamita pura.
Lo mejor de Esteso es que nunca fingió ser otra cosa. No se disfrazó de moralista, no pidió perdón por hacer humor físico ni se escondió cuando cambiaron los tiempos. Siguió siendo él. Y eso, en una época de postureo constante, comedia con manual de instrucciones y miedo a molestar, tiene un mérito de cojones.
Hoy muchos se llenan la boca hablando de cultura, pero desprecian a quien hizo reír a generaciones enteras porque no encaja en su relato limpio y aséptico. Pues no. Esteso fue cultura popular en estado puro. De la que no pasa por facultades ni subvenciones, pero se queda en la memoria. De la que ves de crío y recuerdas de viejo.
Así que sí, ha muerto Fernando Esteso. Y con él se va una forma de entender el humor: sin pedir perdón, sin miedo y sin complejos. Nos queda su risa, su jeta y su legado incómodo para los que creen que el humor tiene que venir con advertencia previa.
Gracias por las risas, cabrón.
Donde estés, sigue haciendo el payaso.
Aquí abajo, falta nos hace.