Hago entrevistas de trabajo. No muchas gracias a Dios. Y las que hago no es porque me apetezca jugar a psicólogo de baratillo, sino porque es parte del curro. Y cuanto más entrevisto, más claro tengo que algo se ha roto por el camino. El panorama es desolador, pero no en plan “ay pobrecitos”, no. Desolador en plan ¿en serio hemos llegado a esto?
Te sientas frente a alguien que ha enviado su currículum para un puesto concreto, con un horario claro y unas funciones explicadas, y a los tres minutos te das cuenta de que no tiene ni puta idea de dónde está. No ha mirado la empresa, no sabe a qué se dedica, no recuerda ni el nombre del puesto. Ha venido porque “le salió en una app” o porque “le dijeron que viniera”. Maravilloso.
Luego está la gente que quiere cobrar como cirujano cardiovascular por un trabajo que no han hecho nunca, con una experiencia que solo existe en su cabeza y una disponibilidad que empieza mañana… pero termina hoy a las dos porque hay que vivir. Que sí, que hay que vivir, pero alguien tendrá que trabajar entre medias, digo yo.
Otro clásico es el de “yo lo que quiero es estabilidad”, dicho con la misma boca con la que te cuentan que han durado tres semanas en sus últimos cuatro trabajos porque “el ambiente era raro”. El ambiente, siempre el ambiente. Nunca es que llegaran tarde, que no cumplieran o que desaparecieran un martes sin avisar. El ambiente. Ese ente maligno que siempre tiene la culpa.
Y ojo, que también hay entrevistas que te reconcilian un poco con la humanidad. Gente normal, con ganas, que sabe que no lo sabe todo pero quiere aprender. Personas que preguntan, que escuchan, que no te miran como si les debieras algo por existir. Pero cada vez son menos y cuesta encontrarlas entre tanto ruido.
Lo más jodido es que entrevistar ya no va de encontrar al mejor, sino de descartar al desastre. No buscas talento, buscas responsabilidad básica. No buscas pasión, buscas que no te dejen tirado a la semana. No buscas un genio, buscas a alguien que entienda que un trabajo es un intercambio: tú das algo y recibes algo. Fin del misterio.
Así que sí, el panorama es desolador. No porque la gente no valga, sino porque a muchos nadie les ha explicado cómo funciona el mundo real o, peor aún, se lo han explicado y han decidido pasar olímpicamente. Y mientras tanto, aquí seguimos, sentados frente a otro currículum inflado, otra sonrisa nerviosa y otra frase de “yo me adapto a todo”… hasta que toca adaptarse de verdad.
Y ahí, casualmente, ya no aparece nadie.