Emprender en España: ilusión, hostias y autónomos

Emprender en España es como lanzarte en paracaídas con una mochila llena de ilusión… y descubrir a mitad de caída que el paracaídas lo gestiona Hacienda y que la mochila pesa más que tu puta autoestima.

Aquí todo empieza igual: una idea brillante a las tres de la mañana. Te vienes arriba, haces un logo en Canva, compras el dominio, te imaginas dando entrevistas y diciendo aquello de “empecé en el salón de mi casa”. Lo que no te imaginas es que también empezarás en el salón de tu casa, sí, pero llorando frente al modelo trimestral mientras te preguntas en qué momento pensaste que eras Steve Jobs versión Carabanchel.

Ser autónomo en España no es una profesión. Es un deporte de riesgo. Pagas cuota aunque no factures un euro. Si ganas poco, pagas. Si ganas mucho, pagas más. Si no ganas nada, también pagas. Es como un gimnasio obligatorio al que vas aunque estés lesionado, deprimido o directamente en números rojos.

La ilusión dura hasta que llega el primer trimestre. Ese momento mágico en el que descubres que el dinero que ves en la cuenta no es tuyo. Es del IVA. Ese dinero que pensabas reinvertir, usar para vivir o, qué coño, para invitar a cenar a alguien y celebrar que estás construyendo algo. Pues no. Ese dinero es intocable. Es un espejismo fiscal.

Y luego está el romanticismo del “sé tu propio jefe”. Sí, claro. Eres tu propio jefe… y también tu propio empleado, tu propio comercial, tu propio departamento de marketing, tu propio contable, tu propio psicólogo y tu propio saco de boxeo emocional. No tienes vacaciones. Tienes facturación con vistas al mar, si acaso.

Lo más gracioso es cuando alguien con nómina fija te dice: “Qué suerte, así organizas tu tiempo”. Claro que lo organizo. Organizo el estrés los lunes, la ansiedad los miércoles y las crisis existenciales los domingos por la tarde. Libertad absoluta.

Emprender en España es convivir con la incertidumbre como si fuera tu pareja estable. No sabes cuánto vas a ganar el mes que viene. No sabes si ese cliente pagará. No sabes si esa idea funcionará. Pero sí sabes una cosa: el día 30 hay que pagar. Siempre hay que pagar.

Y aun así, lo hacemos.

Porque hay algo adictivo en construir algo propio. En ver crecer un proyecto que salió de tu cabeza. En facturar tu primer cliente. En escuchar un “gracias, me ha encantado tu trabajo”. Esa sensación no te la da ninguna nómina. Esa sensación es droga dura.

Emprender en España no es un camino de unicornios y frases motivacionales. Es más bien una sucesión de hostias bien dadas que te van curtiendo. Te equivocas, pierdes dinero, te sientes idiota, vuelves a intentarlo. Aprendes a negociar, a decir que no, a cobrar por adelantado, a no fiarte del “ya te pago la semana que viene”.

Te vuelves más fuerte. Más desconfiado. Más realista. Y también más libre.

Porque al final no se trata solo de dinero. Se trata de decidir. De equivocarte por ti mismo. De no depender del humor de un jefe que no entiende lo que haces. De apostar por ti cuando nadie más lo hace.

¿Es fácil? Ni de coña.
¿Es estable? Tampoco.
¿Es para todo el mundo? Menos aún.

Pero si tienes esa mezcla peligrosa de orgullo, inconsciencia y ganas de no pedir permiso… acabarás emprendiendo. Y pagarás tu cuota. Y maldecirás cada trimestre. Y brindarás cada vez que cierres un buen mes.

Ilusión, hostias y autónomos.

Bienvenido al circo. Aquí no hay red, pero al menos el trapecio es tuyo.