El “vale, vale” es el sonido oficial de nuestra época. No es un acuerdo, no es un compromiso, no es ni siquiera una promesa cutre: es una forma elegante de quitárselo todo de encima sin quedar mal. El “vale, vale” es el “sí” del cobarde, del pasota y del que ya ha decidido que no va a hacer absolutamente nada.
Tú explicas algo importante, serio, que requiere atención, cabeza y un mínimo de responsabilidad… y al otro lado recibes un “vale, vale”. Doble vale, además, para que parezca que te ha entendido. Pero no ha entendido una mierda. Ni lo va a intentar.
El “vale, vale” es el lubricante social del adulto infantilizado. Sirve para que la conversación avance sin fricción mientras el cerebro del interlocutor ya está pensando en qué va a cenar o en si ha subido likes la última historia. Es el equivalente verbal a asentir con la cabeza mientras miras el móvil.
Lo peor es que el “vale, vale” nunca viene solo. Viene acompañado de incumplimientos, de “se me olvidó”, de “pensaba que no era para hoy” y de ese clásico “ah, ¿pero eso era importante?”. Claro que era importante, campeón, por eso te lo estaban explicando y no cantando una puta sevillana.
Vivimos rodeados de gente que colecciona “vales” como si fueran cromos. Mucho asentir, mucho parecer comprensivo, mucho quedar bien… y cero hechos. Y así nos va: reuniones eternas, proyectos a medio gas y adultos funcionales que, en cuanto rascas un poco, son niños grandes diciendo “vale, vale” para que les dejen en paz.
Así que la próxima vez que alguien te suelte un “vale, vale”, no te relajes. Traduce mentalmente: “no me apetece”, “me da igual” o “ya veremos”. Y actúa en consecuencia. Porque el “vale, vale” de los cojones es el primer paso para que todo acabe saliendo como el culo.