El postureo de leer libros que no has pasado de la página 20

Leer mola. Fingir que lees es directamente un deporte olímpico. Da igual el libro, lo importante es que parezca serio: tapa dura, autor impronunciable y cara de “estoy cultivando mi puta mente”. Luego el libro se queda clavado en la página 20, que es donde mueren casi todas las aspiraciones culturales de este país.

La página 20 es el puto Triángulo de las Bermudas del postureo intelectual. Hasta ahí llega la motivación, el “este mes sí leo” y el entusiasmo de mierda. A partir de ahí, el libro pasa a ser decoración. No se lee, se coloca estratégicamente. En la mesilla, en el café, en la foto. El contenido da igual; la portada hace todo el trabajo.

El momentazo llega cuando alguien pregunta: “¿qué tal el libro?”. Y ahí empieza el teatro. Respuestas vagas, palabras como “intenso”, “interesante” o “muy reflexivo” sin decir absolutamente nada. No sabes ni cómo se llama el protagonista, pero hablas del ritmo narrativo como si fueras un puto crítico literario del ABC Cultural.

Esto no va de leer, va de aparentar. De parecer profundo sin currártelo. De enseñar cultura mientras te tragas reels como un zombi funcional. El libro no pierde contra otros libros, pierde contra el sofá, el móvil y las ganas de no hacer una mierda. Y oye, es normal. Lo que no es normal es ir de lector empedernido cuando no has pasado del segundo capítulo.

Así que dejemos de engañarnos. No pasa nada por no acabar libros. No te van a retirar el carné de adulto ni te van a bajar el coeficiente intelectual. Lo patético es usar libros como atrezo para parecer más listo de lo que eres. Cierra el libro, reconoce la pereza y deja de hacer el gilipollas cultural.